Por Pablo Bassi | Enclavado en la selvática yunga y con vista a los paradisíacos cerros tucumanos se erige la hostería Atahualpa Yupanqui, un cuatro estrellas atendido sólo por trabajadores del Estado y de ganancia millonaria que derriba el mito neoliberal sobre la incompetencia de lo público frente a lo privado.

El año pasado obtuvo el Guest Review Adwards, un reconocimiento que realiza el buscador de alojamientos por internet Booking, con una calificación de 9,2. Durante el segundo semestre, generó un saldo neto favorable de un millón y medio de pesos que fue a parar al municipio de Tafí Viejo –su propietario-, ubicado a 15 kilómetros de San Miguel de Tucumán sobre una loma camino al cerro San Javier.

Los 40 empleados de la hostería son taficeños contratados desde septiembre de 2017, cuando la hostería fue reinaugurada por el intendente Javier Noguera. Treinta de ellos decidieron afiliarse a la Asociación Trabajadores del Estado, asegura Guillermo Ortíz, responsable del museo arqueológico de 40 piezas alojado en la hostería, donde estudiantes primarios aprenden ciencia.

Una de ellas fue descubierta casualmente mientras se realizaba la ampliación de las veredas de la avenida principal de Tafí Viejo. Se trata de una urna funeraria de cerámica con dos artefactos de hueso de aves, empleados en la práctica de inhalación de cebil, una planta alucinógena y estimulante asociada a rituales chamánicos.

Por un estudio en Georgia, Estados Unidos, todo hace suponer que el Atahualpa Yupanqui guarda los restos de Ishma, el chamán de Thaaui, perteneciente a una comunidad existente al menos 2200 años atrás. Como en los mejores museos de Europa, el curandero tiene su holograma 3D.

Para hacer de la hostería un polo turístico, la municipalidad invirtió 12 millones de pesos. Cuenta con sauna, pileta climatizada, aire frío-calor, 70 camas, dos salas de reuniones, una cava de vinos y un comedor que ofrece cena show, noche de amigas con 30% de descuento, comida gourmet típica e internacional, tours de senderismo y cabalgatas.

Una habitación doble le cuesta a los taficeños 1200 pesos la noche, con desayuno buffet, acceso al sauna y la pileta. Si quisieran almorzar, el menú ejecutivo ronda hoy los 200 pesos con entrada, plato principal y postre. Los niños de escuelas pueden almorzar y merendar, recorrer el museo y cabalgar por sólo cien pesos cada uno.

También se les ofrece visitar arriba de un minibús el casco histórico, el museo ferroviario y los sitios de la memoria El Pozo de Vargas y Arsenal, centros clandestinos de detención y desaparición de personas durante la última dictadura militar.

Muchos de los huéspedes son mujeres y hombres que desde Buenos Aires y el exterior atienden negocios citrícolas. Es que Tafí Viejo produce limones que se exportan en un 90%. La ciudad es la capital nacional del Limón.

Nació como villa obrera en 1900, con la llegada del ferrocarril. Sus talleres alcanzaron a ser los más grandes de América latina, con 6500 trabajadores empleados de manera directa y otros 15 mil de forma indirecta, que hacia mediados de siglo producían desde las tuercas hasta los tapizados. Casi destruidos por la dictadura y el menemismo, hoy emplean a 70 trabajadores, de una población de 70 mil habitantes.

Atahualpa Yupanqui tuvo una historia errante. Su edificación fue inaugurada en 1946 como hospital de tuberculosos, aunque nunca funcionó como tal. Tres años después se reinauguró como hostería, pretendiendo echar raíces en el pasado turístico de la alta sociedad tucumana que tenía allí sus quintas. Pero también fracasó, hasta ahora.

En 1989, durante la presentación de la ley de reforma del Estado que habilitó la venta y fusión de empresas públicas, el ministro Roberto Dromi dijo: “Nada de lo que deba ser estatal permanecerá en manos del Estado”. Un fallido encubridor del estigma útil a los negocios neoliberales, al que ya nadie le cree.

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