Por Elaine Regina Aguiar Amorim | Brasil empezó el año con un nuevo gobierno a partir de la asunción del Presidente Jair Messias Bolsonaro (Partido Social Liberal), electo en los últimos comicios. Con eso, es posible decir que se inició una fase en la historia más reciente de la política brasileña -el período posterior al régimen dictatorial (1964-1985)-, caracterizada por la llegada de la extrema derecha al Poder Ejecutivo, por medio del voto directo.

En el contexto de la crisis política por la cual pasa el país desde 2015, la extrema derecha representada por la figura de Jair Bolsonaro consiguió el apoyo de una parcela significativa del electorado. Apoyo que se extendió también a candidatos de la Cámara de Diputados, en especial a los afiliados al PSL, al cual Bolsonaro se afilió seis meses antes de las elecciones. Ese partido fue el que más creció, pasando de 8 a 52 diputados y eligió la segunda mayor bancada del Congreso Nacional (perdiendo sólo para el Partido de los Trabajadores que obtuvo la mayoría con 56 diputados electos). Eso significa que un partido que hasta hace poco no tenía expresividad nacional, logró volverse una fuerza política importante.

Esa victoria de una plataforma política neoliberal y conservadora no se dio en un espacio social vacío. Aunque sean necesarias investigaciones que expliquen los factores de ese fenómeno electoral, es posible identificar en los procesos políticos y sociales transcurridos en los últimos años la difusión de valores en la sociedad brasileña, comportamientos y posicionamientos políticos conservadores o reaccionarios por parte de determinados grupos y fuerzas políticas. Estos, en el escenario de polarización política que vive el país, pasaron a asumir públicamente y sin cualquier incomodidad, discursos que tienen diversas consecuencias negativas para la sociedad. Entre los temas principales de esos discursos se destacan, por un lado, el combate al comunismo/adoctrinamiento marxista, a la “ideología de género”, a lo políticamente correcto y, por el otro, la abierta defensa de la meritocracia, de la posesión de armas, de un sistema de seguridad más autoritario, entre otros.

En ese sentido, son ejemplares los dos discursos pronunciados el 1 de enero por el Presidente Bolsonaro en su asunción. Además de las inúmeras referencias a Dios, que también hizo parte de su slogan de campaña –“¡Brasil por encima de todo! ¡Dios por encima de todos!”-, se destacaron las diferentes menciones donde la ideología fue la palabra central: libertar al país de la “sumisión ideológica”, “combatir la ideología de género”, estimular “la competición, la productividad, la eficacia, sin el sesgo ideológico”, entre otras.

Como si fuera posible una acción política que no estuviera fundada en una determinada ideología o en una concepción de mundo, sino simplemente en un pragmatismo político, el nuevo presidente declaró sus posicionamientos, no exentos de una tendencia ideológica. Posicionamientos que expresaron, por un lado, en el plano de la moral y de las costumbres, la defensa de la familia, la religión, la tradición judaico-cristiana, la legítima defensa, en oposición a la “inversión de valores”, a la “ideología de género”, a la participación de los jóvenes en la “militancia política”. Por otro, en el plano político y económico, una perspectiva coherente con el recetario neoliberal, lo cual incluye la realización de reformas, el achicamiento del Estado, el fortalecimiento de principios meritocráticos en la organización de la sociedad y la economía, además de una preparación de los niños y jóvenes exclusivamente para el mercado del trabajo.

Algunas de esas ideas se encuentran bien sintetizadas en los siguientes pasajes del discurso dado durante la ceremonia de recibimiento de la faja presidencial:

“Es con humildad y honra que me dirijo a todos ustedes como Presidente de Brasil. Y me coloco delante de toda la nación, en este día, como el día en que el pueblo empezó a libertarse del socialismo, libertarse de la inversión de valores, del gigantismo estatal y de lo políticamente correcto.

(…) Nuestra preocupación será con la seguridad de las personas de bien y la garantía del derecho de propiedad y la legítima defensa, y nuestro compromiso es valorizar y dar respaldo al trabajo de todas las fuerzas de seguridad”.

Aunque esas declaraciones causen sorpresa por haber sido dichas por la principal autoridad del país, incluso en una ceremonia donde siempre se espera un discurso propositivo, unificador y representativo de toda la nación, nos parece importante comprender cómo discursos de ese tipo pasaron a tener cada vez más presencia en los últimos años en la sociedad brasileña. Quizás lo más sorpresivo para un observador extranjero sea descubrir que, mucho antes de la campaña electoral, algunos de los temas presentes en esos discursos ya venían siendo articulados y ganando expresividad parlamentar, incluso a través de proyectos de ley.

En ese sentido, el análisis del cientista político Luís Felipe Miguel nos ayuda a entender un poco la construcción de los discursos reaccionarios en Brasil que, según él, provienen en el caso brasileño de la conyugación entre el “anticomunismo”, el “fundamentalismo religioso” y la “ideología ultraneoliberal”. Veamos cada uno de esos elementos.

A pesar de los acontecimientos que marcaron el fin de la Guerra Fría y de la nueva correlación de fuerzas en ámbito mundial, en la cual el comunismo dejó de ser una amenaza inminente para la hegemonía capitalista, hubo en Brasil una revitalización del anticomunismo, cuyos enemigos pasaron a ser el “bolivarianismo” y el “Foro de São Paulo” (encuentro de partidos de izquierda o centroizquierda latinoamericanos y caribeños). Para los defensores del anticomunismo, así como el Foro de São Paulo representaría una amenaza para la región, el PT seria la “encarnación del comunismo” en el país, lo que en la práctica resultó en una asociación entre antipetismo y anticomunismo, reproducida muchas veces en las redes sociales.

En contraste a ese discurso, es interesante observar, por un lado, el alejamiento gradual de PT al programa democrático-popular construido en sus orígenes y la posición más de centroizquierda asumida por sus gobiernos; aspectos que dan una dimensión de lo lejos que estuvo un horizonte político comunista de sus objetivos. Por otro lado, en lo que se refiere al Foro de Sao Paulo, vale la pena recuperar el diagnóstico proferido por Fidel Castro, en la cuarta edición de ese evento (1994), sobre cuál sería el objetivo a ser enfrentado por las fuerzas reunidas en aquel encuentro y por América Latina frente al nuevo contexto político y económico mundial.

“(…) Aquí no se está defendiendo al socialismo, y ninguno puede pretender que en este foro se plantee el socialismo como objetivo; ninguno puede pretender que las condiciones, tanto objetivas como subjetivas, en este momento sean propicias para la construcción del socialismo. Creo que en este momento hay otras prioridades. (…) creo que hoy en América Latina la batalla prioritaria es – a mi juicio – derrotar el neoliberalismo, porque si no derrotamos al neoliberalismo desaparecemos como naciones, desaparecemos como Estados independientes, y vamos a ser más colonias de lo que nunca lo fueron los países del Tercer Mundo”.

A pesar de la distancia temporal, la reflexión sobre la necesidad de combatir el neoliberalismo no solo sigue actual, pasados más de veinte años, sino que ganó todavía más vigor con el recrudecimiento de la ideología neoliberal en algunos países de la región. Sin embargo, el discurso anticomunista revitalizado en Brasil va a defender la necesidad de luchar contra el “adoctrinamiento ideológico” de la izquierda, y en especial marxista, y a tener como su principal portavoz el Movimiento Escuela Sin Partido (MESP). ¿Y de qué se trata ese movimiento? ¿Qué reivindica?

Al concebir la escuela como un espacio que debe solamente instruir y transmitir contenidos de modo neutro, ese movimiento acusa a los profesores de promover un “adoctrinamiento político-ideológico” de los alumnos e incentiva a que los mismos sean vistos con desconfianza y denunciados por las familias. Para eso propone que sea convertido en ley su Proyecto “Escuela Sin Partido” que busca impedir que el docente exprese y promueva el debate político-ideológico, relacionar el contenido con la realidad del alumno, así como discutir valores de cualquier naturaleza. Si bien ese movimiento existe desde 2004, ganó visibilidad en el espacio público y presencia en los debates sobre la educación cuando incorporó a sus propuestas la reivindicación de los grupos políticos-religiosos conservadores, específicamente, el combate a la “ideología de género”.

Los religiosos conservadores o el “fundamentalismo religioso” se refiere a los parlamentares especialmente evangélicos (pero incluye también los católicos más conservadores), que tienen una fuerte actuación política y defienden pautas de carácter conservador y retrógrado en relación a temáticas relativas al aborto, a la homofobia, a la diversidad sexual, a las desigualdades de género, a las reivindicaciones de los movimientos LGBTI, entre otras. Más que cualquier otra religión, los evangélicos han demostrado una fuerte capacidad de inducir el voto y se volvió una fuerza política importante, ejerciendo una mayor influencia en el Legislativo y Ejecutivo, gracias a la inversión de las Iglesias Evangélicas en la candidatura electoral de sus pastores. Para ejemplificar, del total de 513 diputados electos en 2018, 84 son evangélicos (9 más que en la última elección), y entre ellos están 9 de los candidatos que más recibieron votos en el país. Eso demuestra el fortalecimiento del Frente Parlamentar Evangélico del Congreso Nacional que, siendo compuesto por parlamentares de diferentes partidos, actúa de forma organizada, incluso aliándose con los representantes del latifundio.

En los últimos años, según el antropólogo Ronaldo de Almeida, se intensificó entre los más conservadores de ese grupo religioso la disputa por la moralidad pública para contener el avance del secularismo en los valores y comportamientos, como también asegurar un control de los cuerpos y la preservación de la familia. Fue en ese contexto que se propagó un discurso contra la llamada “ideología de género” que se refiere peyorativamente a los estudios de género, un campo del saber científico con importante trayectoria en las universidades, que cuestiona la naturalización de los papeles sexuales atribuidos a hombres y mujeres. En el sentido común, la “ideología de género” fue difundida como algo que desvirtúa la identificación masculina y femenina, necesitando, por lo tanto, ser combatida. El espacio de actuación elegido para ese combate fue las escuelas, justamente porque para esos grupos religiosos las niñas y niños serían los más vulnerables a la influencia de la “ideología de género” sobre la formación y desarrollo de sus identidades y papeles sexuales. La prohibición de discusiones sobre la cuestión de género en el ámbito escolar es apenas una de las demandas presentadas en proyectos de ley por esos grupos, defensores del slogan “Mis hijos, mis reglas”.

Esa convergencia entre estos dos grupos conservadores – anticomunistas y religiosos – se reflejó en los debates de las esferas legislativas de municipios y de la nación. Entre 2014 y 2017 fueron presentados en diversos municipios casi 150 proyectos de ley relacionados a Escuela Sin Partido, de los cuales 15 fueron aprobados; eso sin contar los tramitados en la Cámara de Diputados y el Senado Federal.

En la lucha contra el supuesto “adoctrinamiento ideológico” y la “ideología de género”, la elección de la escuela como espacio de combate y los profesores como enemigos afecta directamente la libertad de expresión necesaria para el ejercicio de la docencia, como también el carácter democrático y el rol formativo a ser cumplido por la educación. Detrás de la supuesta neutralidad defendida con el slogan de una “escuela sin partido”, lo que se encuentra es la defensa de una educación que al fin y al cabo sí toma un determinado posicionamiento político-ideológico. Su consecuencia es la anulación de cualquier perspectiva de formación de un pensamiento crítico en los estudiantes, capaz de proporcionarles no sólo el conocimiento de los saberes científicos, históricos y culturales, sino también la capacidad de comprender e intervenir en su realidad, incluso cuando su integridad y derechos no son respetados por la sociedad o por su familia.

En ese contexto social dónde el blanco a ser atacado son las ideologías de la izquierda o del campo progresista, discursos favorables a la libertad del mercado, a la concurrencia, a la meritocracia se difundieron todavía más y la ideología neoliberal ganó cada vez más fuerza. Discursos que se reflejan incluso en la actuación de los dos grupos mencionados antes, sea por medio de la concepción de la relación enseñanza-aprendizaje como una relación de consumo, sea por medio de la valorización religiosa del esfuerzo individual como el camino hacia el mérito y a la prosperidad (lo que, en los sectores populares, desacreditados del Estado y expuestos a la informalidad, a los empleos precarios, al desempleo, tiene un impacto, una vez que alimentan por medio de esa valorización la esperanza de un horizonte menos duro, pues sienten que cuentan sólo con su propia fuerza de trabajo para cambiar sus vidas).

Pero es importante percibir también que la adopción de los gobiernos petistas de políticas públicas orientadas al acceso de los negros a las universidades, de las amas de casa a los derechos laborales, o de programas sociales como el “Bolsa Familia” destinado a los más pobres, generó un rechazo en sectores de la clase media, que tiene en Brasil un fuerte carácter elitista y la meritocracia como uno de sus principios. Justamente fue gran parte de la clase media que participó de las movilizaciones masivas convocadas por la derecha a favor del impeachment de Dilma Rousseff.

En ese sentido, si bien los gobiernos petistas no adoptaron una política de ruptura con el neoliberalismo, el proceso que culminó en el impeachment posibilitó el fortalecimiento de las políticas neoliberales, que asumieron un rol hegemónico en las directrices de la política económica y social implementada por Michel Temer (Movimiento Democrático Brasileño).

Por lo tanto, en el nuevo gobierno que recién empieza en Brasil, la continuidad del neoliberalismo tiende a ocurrir por medio de la implementación de un programa económico mucho más radical y excluyente, pero podrá también, por los procesos políticos y sociales mencionados antes, asumir rasgos conservadores y autoritarios. Aspectos que tendrán grandes impactos para una sociedad marcada por una estructura social históricamente desigual, así como para los países latinoamericanos; ya sea por lo que representa Brasil en la región, o por los desafíos que impone el avance de la extrema derecha articulada a una radical ofensiva neoliberal.

Publicado en CTA Autónoma Capital 

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