La escena siempre es la misma. Pocos minutos antes de las siete de la tarde los tipos se ponen a llenar la esquina, aparecen por cualquiera de las dos calles, y se van juntando alrededor de los dos bancos antiguos de la plazoleta Rodolfo Walsh, al lado del kiosco de diarios de Polo, o que era de Polo, porque Polo se murió hace meses, o no, quién sabe. Eso ya lo veremos.

En una de las paredes que limitan la plazoleta, un mural que recuerda a los jóvenes fusilados en Trelew el 22 de agosto de 1972 y, a la altura del balcón de un primer piso, un Walsh que alguien dibujó muy cabezón, quizá a propósito, como queriendo decir que en esa cabeza se concentran, o se concentraron y se alimentaron y crecieron, todos los principios del hombre revolucionario, que sabemos son muchos, de modo que no caben en una cabeza, digamos, de hombre común. Asunto que, presumo, a los tipos que cada día se amontonan en esa plazoleta poco y nada les importa. Ni Walsh ni Trelew. Algunos están vestidos con ropa todavía ropa, sin grandes rasguños del tiempo y la intemperie. Otros no, es decir: otros no. El mozo que sale de una puerta lateral de la Gran Parrilla del Plata, en Chile y Perú, siempre a tiempo, a la hora prevista, haciendo equilibrio con dos bandejas enormes, lleva un delantal color bordó. Cruza la calle de adoquines con una sonrisa. Los tipos empiezan a rodearlo, lo saludan, le dan palmadas en la espalda, y el mozo se pone a repartir las bandejitas de plástico con los restos de la comida que dejaron los clientes pulcros y selectos en el almuerzo. Buena y sabrosa. No es broma. Fideos tirabuzón con una pata de pollo asada. Arroz, dos o tres rabas, y rodajas de tomate. Con suerte, un poco de milanesa, o de asado. Y papas fritas. Pero nunca la pegan con la sal. O mucha, o poca.

Pero qué cuernos importa ese detalle. Ahí comió una vez Michelle Obama. Provoleta, lomo y ojo de bife.

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