Redacción Canal Abierto | “Estamos convencidos de la importancia de desarrollar tratamientos para que una mamá pueda aliviar el dolor de un hijo enfermo o disminuir los riesgos para un paciente cardíaco, y lo vamos a seguir haciendo pese a las barreras y contra todas las posibilidades”, asegura Paola Ferrero, directora de un proyecto en la Universidad Nacional de La Plata que acaba de descubrir en el laboratorio los efectos del cannabis en la actividad cardíaca de las moscas de la fruta.

No es recriminatorio ni mucho menos enfadado, el tono de la investigadora expresa el convencimiento de quien logra superar los obstáculos que la Argentina pone día a día a sus científicos.

Es que el equipo que encabeza Ferrero se acaba de convertir en el primero en publicar un trabajo sin ningún tipo de financiamiento específico o acreditación oficial en una revista internacional del status de Biology Open. “Cuando los jóvenes de nuestro equipo se presentan a una beca, terminan compitiendo en desventaja por la falta de reconocimiento, como si se trabajaran en un proyecto que no existe”, cuenta la investigadora del CONICET.

Los recientes resultados podrían significar un gran avance hacia el desarrollo de un fármaco en base a cannabis para tratar las arritmias cardíacas o incluso -proyectan- ayudar a quienes padecen parkinson.

Por otro lado, representa un paso más en la desestigmatización de una planta que sigue siendo sinónimo de narcotráfico y criminalidad, pese a su gran potencial medicinal.

En esta entrevista con Canal Abierto, Paola Ferrero explica por qué esta investigación podría mejorar la vida de cientos de miles de personas y cómo hacer ciencia sin recursos en Argentina.

A partir de estos resultado, ¿estamos lejos de pensar un medicamento para enfermos cardíacos en base a cannabis?

-Es un primer y fundamental avance para el desarrollo de fármacos que mejoren la función cardiaca. Pero no hay que olvidar que se trata de una primera instancia.

La investigación básica es el estudio de cualquier fármaco en modelos animales, insectos o células. Es absolutamente necesario y el primer paso para el desarrollo de todo lo que cualquiera de nosotros compra en una farmacia, sea un Ibuprofeno o en un futuro el cannabis medicinal. Probar un fármaco en humanos es algo difícil y costoso, pero sobre todo riesgoso porque resta conocer cuáles son sus efectos beneficiosos y adversos.

En la mayoría de los casos, la aplicación de los resultados de la investigación básica no es inmediata. Y con el cannabis pasa lo mismo: no significa que el año que viene vayamos a tener un extracto de cannabis acorde para pacientes cardíacos.

Entiendo que el equipo de investigación tuvo mucha dificultad para conseguir las moscas, me imagino que habrá pasado lo mismo con las plantas de cannabis…

-En Argentina hay un montón de trabas que impiden avanzar en la investigación sobre cannabis medicinal. En nuestro caso, todavía tenemos problemas para acceder libremente a todo tipo de cepas. De hecho, hay muchos problemas con la importación de semillas y el auto cultivo. Aún encuadrado en lo estrictamente científico y medicinal, la legislación todavía no permite la libertad suficiente para investigar.

Desde la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires (UNNOBA) -donde doy clases- estamos promoviendo que los municipios participen e intervengan. Incluso se acercaron referentes de distintos bloques políticos, pero es algo que todavía no está resuelto.

Otro de los avances es que en la Plata, el Concejo Deliberante haya declarado de interés municipal nuestra línea de investigación. Esto al menos visibiliza nuestro trabajo.

Incluso tienen que enfrentar el rechazo o la indiferencia del propio mundo académico…

-Tal cual. Nuestra investigación es tan válida como cualquier otra, sobre todo porque detrás hay una necesidad social inmediata. Sin embargo, hace tiempo venimos lidiando con el escepticismo de muchos de nuestros colegas, encargados de evaluar –y rechazar- posibles vías de financiamiento. Ojo, no todos ponen trabas: hay muchos que participaron o vienen participando de la investigación.

En definitiva, ahora nos enfrentamos a que por tercer año seguido nos negaron un PICTs (Proyectos de Investigación Científica y Tecnológica). Estamos hablando de la mayor fuentes de financiamiento científico de la Argentina: alrededor de 17.000 dólares por tres años, pero se dan un año después de asignadas y en pesos.

Así, en el mejor de los casos, después tenes un financiamiento devaluado que no alcanza nunca para comprar los insumos que presupuestaste un año atrás. Es sistemático.

Por otro lado, hay un famoso índice H con el que miden a los científicos, y expresa la cantidad de veces que otros científicos citan tus trabajos. Lo gana siempre la misma elite que tiene dinero para publicar y, como en un círculo que se realimenta, luego consigue más dinero.

Esto condena a los que recién empezamos con temas innovadores y contamos con pocas citas, contra aquellos que publicaron toda su vida sobre lo mismo, aunque entre estos figuren temas muy generales.

En definitiva, terminas cayendo en la cuenta de que, o bien existe algún negociado que no conocemos, o simplemente se trata de ignorancia o prejuicio.

¿Cómo evaluás la política en ciencia de este Gobierno?

-Investigar en Argentina siempre fue complicado. En estos años lo que ha empeorado es que, producto de la devaluación, cualquier monto asignado termina siendo insuficiente al momento en que se recibe.

Da la impresión de que, o bien no les importa, o hay intereses que desconocemos como ciudadanos de a pie.

Para muchos, el cannabis refiere directamente a la idea de narcotráfico, de ilegalidad. ¿Puede ser que haya una cuota de conservadurismo al interior de la comunidad científica?

-Sin dudas hay una estigmatización de la planta producto de que se mezcla todo.

Cuando hablamos de cannabis no nos referimos necesariamente al componente psicotrópico. Por ejemplo, el CBD -uno de los principales componentes de la planta- no tiene efectos psicotrópicos y tiene un montón de efectos beneficiosos.

Nada tiene que ver el consumo recreativo –en criollo, fumarse un porro- y con su utilización medicinal.

-Es una cuestión de salud pública. Nosotros no estamos interesados en nada relacionado al uso recreativo, sino en relación a los efectos sobre la salud para mejorar la calidad de vida de gente que no tiene otras alternativas.

Tenemos incluso un proyecto de extensión universitaria con charlas y cursos, pero siempre advertimos que el consumo de aceite -por ejemplo- tiene que hacerse con acompañamiento y seguimiento médico. Aunque enfaticemos en sus efectos positivos, el cannabis también puede conllevar efectos adversos.

Al igual que un Ibuprofeno o una aspirina…

-Exactamente. La gente se auto medica con antibióticos, y está mal. Toda sustancia tiene que ser estudiada, y esta no es la excepción.

Por eso pedimos que destraben las investigaciones. Cuanto mejor conozcamos a la planta, mas información vamos a tener sobre en qué casos utilizarla y en cuáles no.

Para eso es imprescindible el apoyo estatal, sino todo se vuelve cuesta arriba y un desperdicio de energías que, en vez de dedicarla para conseguir financiamiento, la podríamos enfocar a experimentar.

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