Por Elaine Amorim | Las elecciones generales de Argentina tendrán una gran importancia, no solo para los argentinos sino también para la región. Al contrario del llamado ciclo progresista que caracterizó a los años 2000, el escenario político y económico de algunos países de América del Sur tuvo en la presente década un impactante giro político hacia la derecha. Argentina y Brasil son excelentes ejemplos de ese cambio porque pasaron a ser gobernados por fuerzas políticas de derecha, identificadas con el liberalismo económico, como defensoras de la profundización y radicalización del programa neoliberal.

La elección de Mauricio Macri (2015), el inicio del gobierno interino de Michel Temer (2016) resultante del impeachment de la Presidenta Dilma Rousseff, y la victoria electoral de la extrema derecha representada por Jair Bolsonaro (2018), fueron marcos importantes de esa inflexión en el contexto político regional.

Esos gobiernos proporcionaron un nuevo impulso y vigor a las políticas neoliberales en sus países, retomando y/o ampliando reformas estructurales, como es el caso de la reforma previsional y laboral, que impactan directamente las condiciones de empleo y de vida de las clases trabajadoras. Además, por medio de ellos se concretó una nueva correlación de fuerzas en la región, incluso en el Mercosur, frente a las propuestas de flexibilización de las reglas comerciales del bloque y la suspensión de Venezuela como Estado parte del mismo.

En ese sentido, los resultados de las PASO indican un probable fracaso electoral de la fórmula representada por el oficialismo y repercutieron en Brasil. Si bien un día después de las Primarias hubo una queda en la Bolsa de Valores de São Paulo, elevando los valores del dólar y del euro, la principal repercusión se dio en las declaraciones del Presidente Bolsonaro y de algunos miembros de su equipo gubernamental. El apoyo a la reelección de Mauricio Macri ya había sido manifestado por el Presidente brasileño, pero se visibilizó todavía más con las recientes declaraciones públicas contra una posible victoria del candidato Alberto Fernández y su vice, Cristina Fernández de Kirchner.

El mandatario brasileño hizo referencia en diferentes oportunidades a las elecciones argentinas y no se limitó al decir que, ante la posible victoria de la oposición, considera un riesgo que haya argentinos que quieran refugiarse en Brasil, precisamente en Rio Grande do Sul, reproduciendo el flujo inmigratorio de venezolanos en el norte de Brasil.

En otras ocasiones, Bolsonaro criticó con un fuerte tono ofensivo la posibilidad de retorno de la izquierda, en referencia a la fórmula Fernández-Fernández. Posteriormente, en la apertura del “Congreso Acero Brasil”, que reunió a los principales empresarios del país, el presidente les pidió colaborar con la reelección de Macri para que “la vieja izquierda” no vuelva al poder, argumentando que Alberto Fernández defiende cambios en el acuerdo Mercosur-Unión Europea .

En esos posicionamientos políticos se reproduce un tono muy similar al que predominó en la campaña electoral de Bolsonaro: su radical oposición a las fuerzas políticas de izquierda. Aunque el Presidente no esté más en campaña electoral y el ejercicio del Poder Ejecutivo exige un diálogo con toda la nación y una postura diplomática con las dinámicas electorales extranjeras, esos posicionamientos direccionados a quienes lo apoyan siguen privilegiando e incentivando una polarización política de la sociedad en general al elegir la izquierda como blanco de ataque.

Si bien esa polarización tiene todavía efectos movilizadores en el núcleo duro de la base de apoyo del Gobierno, no nos parece que haya tenido el mismo efecto en los electores argentinos. Estos, más allá de la polarización presente en la historia política argentina bastante explotada en los últimos años como forma de empobrecimiento del debate público sobre los diferentes proyectos de país, están viviendo desde fines de 2015 bajo una gestión gubernamental comandada por una “nueva” derecha política, que hizo a lo largo de este tiempo la sociedad se volviera mucho más pobre y endeudada.

Otra cuestión importante sobre las declaraciones hechas se relaciona con el Mercosur, ya que el Ministro de Economía, Paulo Guedes, afirmó que Brasil podrá salir del bloque en caso de que un gobierno Fernández-Fernández no de continuidad a la apertura de la política comercial. En esa afirmación lo que está en cuestión son dos puntos importantes: la flexibilización de las reglamentaciones comerciales del Mercosur y su acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, firmado con mucha rapidez en la reunión del G20, después de haber permanecido estacionado por casi veinte años (aunque el mismo necesite ser aprobado todavía por el Parlamento Europeo).

Una posible salida del Mercosur ya había sido mencionada el año pasado como una propuesta del actual gobierno, cuando pretendía establecer acuerdos comerciales bilaterales con otros países en caso de que el bloque sudamericano siguiera -en su entendimiento- desventajoso para el país. En ese sentido, la amenaza de una salida reaparece en medio del proceso electoral argentino, a pesar de que las reuniones y negociaciones hechas en los últimos meses junto a los Estados miembros del bloque indicaran su inclinación hacia la permanencia.

De cualquier modo, cabría preguntar: ¿sería ventajosa para Brasil su salida del bloque? ¿El país estaría dispuesto a abandonar décadas de negociaciones y de integración económica establecida entre los países integrantes? ¿Cuáles serian los impactos de una salida?

En noviembre de 2018, senadores de la Comisión de Relaciones Exteriores y Defensa Nacional (CRE) criticaron la propuesta de salida del bloque, presentando datos que mostraban el saldo positivo del comercio brasileño con los países del Mercosur. En los últimos diez años el país había alcanzado un superávit de US$87,6 mil millones con ese comercio, o sea, había exportado más productos que los que importó, favoreciendo su balanza comercial. Valor que fue superior, según la comisión, al alcanzado en el mismo período con China (US$74 mil millones), Unión Europea (US$ 22,4 mil millones) y al déficit de US$44,6mil millones con Estados Unidos .

Por un lado, una posible salida del bloque impactaría en las relaciones comerciales establecidas entre Brasil y Argentina, afectando incluso el bolsillo de los brasileños. De un lado, Argentina es el tercer destino de las exportaciones realizadas por Brasil, situada detrás de China y Estados Unidos, que son respectivamente el primer y segundo destino. La mayor parte de la exportación a Argentina se concentra en productos manufacturados, sobre todo del sector automotor, pero incluye también a los del sector metalúrgico y petroquímico. En otros ramos de la economía, el mercado argentino sigue teniendo gran relevancia. Ese es el caso de la industria de calzados, que incluso en un contexto de crisis económica, es el segundo destino de estas exportaciones, según datos de la Asociación Brasilera de las Industrias de Calzados recolectados en agosto de este año.

Por otro lado, productos básicos argentinos importados por Brasil y exentos de tarifas, como trigo y cebada, podrían encarecer y afectar directamente el consumo de panes y de la cerveza tan disfrutada por los brasileños. Para tener una idea de esto, el 50% del trigo consumido en el país es importado y de ese total, el 88% proviene de Argentina. En el caso de la importación de cebada, el 73% proviene de Argentina y Uruguay .

Estos datos dan una idea de la complejidad de las relaciones comerciales establecidas entre Brasil y los demás países integrantes del Mercosur. La propuesta de una profunda liberalización de la economía presentada por el Gobierno se extiende a su política comercial externa y, aunque lo más probable sea que permanezca en el bloque, Bolsonaro podrá privilegiar acuerdos bilaterales, especialmente con Estados Unidos, pensados como una mayor apertura del mercado nacional.

De cualquier modo, considerando las repercusiones de los resultados de las PASO, una victoria electoral del Frente de Todos tiene un significado que transciende el espacio del Mercosur, que podrá tener reflejos no sólo en las elecciones que están por ocurrir en otros países de la región, sino también en la correlación de fuerzas conformada por los gobiernos de derecha.

Dicho todo eso, es importante observar que mientras el llamado giro político a la izquierda se produjo en un contexto de crecimiento de la economía mundial, que fue favorable para las economías de la región, el giro a la derecha ocurrió en un contexto de crisis económica mundial, que puede todavía agravarse más.

Esa inflexión no está desarticulada de los procesos económicos y políticos más amplios que involucran intereses de los países capitalistas centrales en la región, ya que la solución para esa crisis consiste en la reorganización de las formas de explotación del trabajo y de la acumulación del capital. La radicalización del neoliberalismo por los gobiernos de Argentina y Brasil en los últimos años atiende a esa solución. Por eso las elecciones de octubre tienen también una importancia crucial para la región, ya que su resultado podrá ser un contrapunto a la actual coyuntura y un estímulo a las fuerzas sociales de los países vecinos.

 

Amorim es Socióloga (Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad de Campinas, Sao Pablo, Brasil), radicada en Buenos Aires, integrante del Laboratorio de Pensamiento Popular-ATE / CTA-Autónoma.

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