Por Pablo Bassi | En la foto del Congreso nacional de la CTA de los Trabajadores que aprobó su reincorporación a la CGT hubo una presencia estelar: la de Alberto Fernández, que sin embargo no pudo opacar las ausencias de todos los dirigentes del consejo directivo cegetista ni de la CTEP, la organización más voluminosa de los movimientos sociales que, el año pasado, también solicitó ingresar a la confederación de la calle Azopardo y ni siquiera fue nombrada en el acto.

¿Puede hacerse una lectura prospectiva de esto?

Sostener que la CTA de los Trabajadores somete (o articula, en el mejor de los casos) su estrategia gremial a la conducción política del kirchnerismo sólo porque Alberto Fernández haya solicitado esa foto, sería prueba insuficiente. Implicaría meterse en la cabeza del casi futuro Presidente y concluir que hay una búsqueda por ordenar la dispersión sindical en tiempos del nuevo Consejo Económico y Social. U homogenizar acumulación para enfrentar la negociación con el FMI.

En boca de dirigentes de la CTA de los Trabajadores, la necesaria unidad sirve para revertir la atomización de sellos que facilitó cuatro años de macrismo. Pero, ¿es necesario tener una sola sigla para fortalecer la resistencia o la ofensiva? ¿Una CGT más grande hubiese enfrentado con decisión a Cambiemos?

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Cuando las organizaciones sociales y la CTA Autónoma se movilizaron para demostrar musculatura durante el tratamiento en el Congreso de la Emergencia Alimentaria, Alberto Fernández intentó persuadirlas en público de abandonar la calle.

También procuró convencer a los pilotos de levantar el paro anunciado para el fin de semana pasado, lo que finalmente hicieron tras negociaciones con el Gobierno, pero desairando desde un principio el pedido de Fernández.

Hugo Yasky buscó desde diciembre pasado “evitar paros en un año electoral” y en un mismo sentido se pronunció Héctor Recalde, el abogado laboralista ex jefe de los diputados de Unidad Ciudadana.

“¿Eliminar el conflicto, un intervencionismo excesivo, crea armonía o elimina fuerza social?”, se preguntaron y respondieron Paula Abal Medina y Martín Rodríguez en un artículo publicado recientemente en La Nación Trabajadora.

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Tras la sanción de la Emergencia Social en diciembre de 2016, un sector importante del campo popular fue muy crítico de las organizaciones sociales que la vehiculizaron con poder de fuego en la calle y negociación de palacio.

Tal vez, para disimular la acumulación de una fuerza social orientada por una mayoría opositora entonces al kirchnerismo o que lentamente se iba alejando de él.

¿La constitución del trabajador de la economía popular como sujeto de un proceso excluyente del mercado laboral empañaba doce años de gobierno progresista?

Las diferentes estrategias para un movimiento sindical y su articulación con fuerzas políticas terminaron por fisurar representaciones gremiales, como la CTA en 2010, cuando se pusieron en disputa las palabras autonomía y neutralidad. No hubo mitos fundacionales, sino más bien un sometimiento (o al menos una identificación) con el kirchnerismo, de un lado, y su repelencia, por otro.

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¿Existe una estrategia de Hugo Yasky para ir por la conducción de la CGT?

Sería inocente suponer que los dirigentes de la CTA de los Trabajadores no previeran la negativa que la mesa chica de la CGT deslizó después del acto para clausurar su ingreso. Más aún, teniendo en cuenta que la escena tuvo como protagonistas a hombres de extensa trayectoria en la rosca cegetista.

Habría que presumir, de lo contrario, de una definición voluntarista, una expresión de deseo o un error de cálculo.

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