Por Pablo Bassi y Tato Arce | Entender la Argentina en su vorágine de noticias amerita, en determinado momento, parar la pelota. “La grieta desnuda”, el reciente libro publicado por Martín Rodríguez y Pablo Touzón, ayuda a ver el campo del juego. Los autores aportan una ingeniosa mirada que echa raíz en la dialéctica de nuestra historia.

¿Se terminó el neoliberalismo? ¿Qué representa ese 40% de votos macristas? ¿Y la grieta? ¿Alberto Fernández puede conducir la unidad del campo nacional-popular? ¿Cómo será el peronismo que viene?

Rodríguez (@Tintalimon), editor de La Nación Trabajadora, coeditor con Touzón de Panamá Revista, columnista de La Política Online y Le Monde Diplomatique, se abre al diálogo en una parrilla de Perón y Bulnes (foto), vacío mediante con ensalada de rúcula y parmesano.

Antes trae anécdotas de su militancia en la UBA, cuenta haberse enamorado de Néstor Kirchner y que se distanció del kirchnerismo en 2012.

 ¿Coincidís en que se acabó el neoliberalismo o el macrismo es mucho más que eso?

-Me parece que el macrismo supo organizar una sensibilidad política después de 2001, con mucha más astucia que la de un neoliberalismo puro y duro, y añadiendo, como dice Florencia Angilletta (periodista), que la palabra “neoliberalismo” muchas veces es un modo de no nombrar nada. Podríamos remontarnos a la sentencia inicial de Fernando Rosso (periodista) y confirmar que el macrismo fue todo lo neoliberal que la correlación de fuerzas le permitió ser

 ¿Ves en ese pueblo macrista, como lo denominás, una oposición dura desde el 11 de diciembre?

-Por supuesto que sí. Dura en términos de organizada y capaz de hacer sentir en el clima del inicio del gobierno de Alberto Fernández un rasgo ingrato: que nace ese gobierno “sin primavera”, sin luna de miel entre la sociedad y el nuevo Presidente. Que nace con un sector de la sociedad con los dientes apretados y la guardia en alto, sin mucho changüí para abrirse a la expectativa. Ese pueblo macrista se organiza sobre una idea que es la siguiente: hay una cierta cantidad de millones de ciudadanos (¿siete, ocho?) que pagan impuestos y producen en la economía privada, y hay otros 20 millones que pasan todos los meses a cobrar cheques del Estado. Los que “trabajan”, los que “producen”, los que “pagan salarios”. O sea: se organizan sobre esa idea los “productivos” versus los “parásitos” y “subsidiados”. Después, cuando raspás qué significa cobrar del Estado, entra todo: amas de casa que cobran jubilación, una mamá que cobra la AUH, un docente, un profesor de música, un policía, un oficial de justicia, el chofer de un diputado. Pero te diría, entonces, que eso que llamamos neoliberalismo es un lenguaje de la calle. Mi amigo historiador Alejandro Galliano explicó una genealogía del “neoliberalismo” (señala que hubo tres en la historia) y dice que estamos en el 3.0, uno “que siente que el mundo se acaba y no tiene sonrisas ni paciencia para filósofos franceses”. Evidentemente la tarea estatal no fue hecha durante estos cuatro años: no mataron a la patria sindical, no desregularon la economía, etcétera, entonces podemos pensar que el fracaso de gobierno los devuelve a su sociedad.

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 Tras los resultados electorales, ¿puede Alberto cerrar “la grieta”?

-La grieta tiene muchas capas: cuando uno dice grieta puede referirse a la antigua polarización argentina, así, dicha de raje, en torno a los polos republicano y popular. Y, además, todo proyecto político tiene un ellos y un nosotros. Lo que sí Alberto neutralizó en primer orden fue uno de los aspectos superficiales de la grieta que podemos llamar así: el “hablemos de Cristina”. Una grieta reconvertida en un subgénero televisivo de panelistas enfrentándose sobre el telón de fondo de una política judicializada y espectacularizada. Neutralizado eso, se simplificó la política a discusiones más concretas, sensibles, medulares de la sociedad

¿El concepto de grieta no nace desde un sector del peronismo?

-El kirchnerismo produce muchas cosas a la vez: revive al peronismo, lo dota de una nueva estructura de sentimientos, es decir, deja de ser sólo “el partido del orden”, permite una re-vinculación de lo social con lo institucional. Y una parte de ese peronismo institucional, seguramente, se sintió invadido. El kirchnerismo reintroduce la pregunta sobre la identidad ideológica del peronismo, y lo hace con la astucia de un dirigente como Kirchner, capaz de hacer eso e intentar conducir eso. Es decir, que vuelva el quilombo, que vuelva el quilombo al peronismo y tratar de conducir el quilombo. Después se fue perdiendo esa vitalidad buscando un proceso de mayor “purificación ideológica”.

¿No hubo una parte del peronismo que intentó confrontar con Cristina sobre la base de que ella había abierto una grieta en la sociedad?

-La palabra peligrosa con la que cargaba el kirchnerismo hasta 2007 era hegemonía; lo que llamamos grieta empezó en 2008, cuando se empieza a gobernar partiendo a la sociedad. Pero Cristina no inventó al chacarero con un cartel que decía “yegua montonera”. Antes que el kirchnerismo nace el antikirchnerismo. Las plazas de 2008 eran plazas del campo, y la correlación de fuerzas estaba volcada hacia ahí.

En el libro dicen con Pablo Touzón que la capacidad del macrismo fue volcar todo ese sector hacia el antiperonismo…

-Conceptualmente, el gobierno terminó teniendo una pedagogía antiperonista clásica, aunque más o menos enmascarada en ejes difusos: el problema eran los “70 años de fracaso”. Todo el mundo hizo la cuenta y la cuenta da que el problema empezó con el peronismo. Pero lo que más arrastra es el anti kirchnerismo, por eso hay mucho peronismo que creyó que se podía rearmar algo por arriba de eso, que podía sintetizar. Lo que pasa es que el intento de un “peronismo federal”, como se llamó, era el de un peronismo sin sujeto. Porque era un peronismo verde, sojero, que puede ser provincialmente peronista, pero en la nacional ya tiene expresión. Porque ese sujeto nacionalmente ya es amarillo. Eso es lo que sabe Schiaretti, que más allá de las tramas políticas, se mueve sobre la astucia del complejo voto cordobés

 Hablás de una primera etapa en la historia del peronismo, la de la igualdad. Y de una segunda, la de la desigualdad, sostenida sobre la generación de consumo, en la que Menem convive con Néstor Kirchner. ¿Cómo será la etapa del peronismo que viene?

-El peronismo tardó quince años en entender el quiebre del ‘76. La sociedad que heredó la democracia la entendió más Alfonsín que Luder. Porque el peronismo del ‘83 pensó que se podía retomar la Argentina del ‘75: el hilo se soltó, y sólo había que volver a agarrarlo. Pero el quiebre del ‘76 se deglutió la estructura argentina y dejó pobres, un Estado enajenado, endeudado, y la capacidad productiva limitada. A partir del ’89, con Menem, asume “el realismo peronista” que ya no se trata del partido de la igualdad, sino el de la gobernabilidad. “Es con pobres, pero nosotros gobernamos la pobreza”. Lo que decimos es que en 1989 y con Menem nace el famoso “partido del orden”. Duhalde y después Kirchner quieren quebrar eso, quieren volver a un peronismo de ambiciones mayores. ¿Cómo será la etapa del peronismo que viene? Lo que habría que pensar es, ¿quién tiene una idea para la Argentina? Pero lo importante es la Argentina que viene. Que en este mundo de olas, “estallidos” y guerras comerciales, donde -como dice un político amigo- “no vemos venir ninguna”, haya habido un giro de repliegue de una mayoría social hacia el peronismo, es un dato. Hablo de repliegue porque en el voto a Alberto hay una cierta sensación de “vuelta a lo seguro”. Ahí la Argentina parece dar una señal contraria a la fascinación de supuestas “novedades” que condimentan los análisis y pronósticos.

 ¿Imaginás a Alberto Fernández conduciendo esta unidad del peronismo en el Frente de Todos?

Que haya un 40% del electorado de Cambiemos en medio de esta crisis económica, y con representación parlamentaria, es un estímulo para sostener la unidad. De los últimos años hay aprendizajes. Por ejemplo, que una coalición de poder implica la convivencia de distintas miradas y no una cruzada purificadora o vanguardista. Me imagino un peronismo tenso y denso, cuyas contradicciones estén conducidas y no requieran que la conducción haga una demostración de poder hacia abajo. Al peronismo le fue mejor cuando fue diverso.

 ¿Es posible insertar a ese 30% de trabajadores de la economía popular en esta matriz económica?

¿Qué es la economía popular? Es todo ese emprendedorismo de abajo -que también existe- y coloca a las personas en una situación vulnerable, porque son capaces de generarse un empleo sin patrón, sin gozar de garantías ni coberturas. No vamos a sacrificar generaciones hasta que la economía evolucione sanamente, sin distorsiones. La racionalidad económica no es lo único que organiza una sociedad, nos dice el Frente que ganó las elecciones. Pero también está visto que el problema argentino al que llamamos “restricción externa”, y que es la falta de dólares, es también el nombre no sólo de esa manta corta de la economía, sino de una falla tectónica sobre la que armamos nuestros órdenes precarios: el valor de la moneda.

 ¿El peronismo relegó la construcción popular en los movimientos sociales?

La tasa de sindicalización y el rol de los sindicatos en la Argentina siguen siendo muy importantes. Ocurre que algo quedó claro de Menem para acá: es más conocido el ministro de Desarrollo Social que el de Trabajo. El ministro de Desarrollo Social, ese funcionario que maneja un “Consejo de Seguridad” y mira en pantalla todos los posibles focos de conflicto. Yo te diría entonces que sí: no hay un peronismo sin movimientos sociales. Pero también te diría: no hay un peronismo solo de los pobres.

 

Foto principal: Revista Ruda

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