Por Gladys Stagno | “La violencia no siempre está del todo bien”, sostiene Dicky del Solar, el personaje “rugbier” y “cristiano” al que el actor y estandapero Ezequiel Campa le da vida en las redes sociales. Dicky lo tiene todo para que su palabra tenga valor social: la chomba cara, una hermosa quinta de fondo, un hablar civilizado y una pelota ovalada en sus manos. Él y su referente más experimentado (Tony Benavidez) nos enseñan en cada video principios de masculinidad indiscutida, clasista, xenófoba, homofóbica y machista. El “deber ser” del rugbier promedio, que insiste en que los hechos violentos perpetrados por sus coequipers son “aislados”.

La parodia de Campa es tan atinada que la propia Unión Argentina de Rugby (UAR) publicó en su Twitter un comunicado de prensa que también parece comedia. Allí se manifiestan “profundamente consternados” por la seguidilla de hechos de violencia protagonizados por jugadores federados y lamentan “el fallecimiento” de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell, quien fue asesinado a golpes por un grupo de rugbiers, crimen por el cual hay once detenidos. Hace menos de dos semanas, un rugbier le dio un golpe en la cara a traición a otro joven en una fiesta en Punta del Este. Días atrás, una chica acusó a jugadores de La Plata de viralizar videos íntimos de ella y otras jóvenes sin su consentimiento.

“Nuestro juego convive con el contacto físico desde muy temprana edad, pero siempre dentro de un claro reglamento –agrega la UAR-. Quienes no lo entiendan de esta manera y usan su fuerza física en detrimento de otro no representan nada del rugby ni sus valores”.

Pero para Juan Branz, comunicador, investigador y autor de Machos de Verdad. Masculinidades, Deporte y Clase en Argentina* –una investigación que ahonda en las lógicas masculinas dominantes entre los rugbiers platenses- el asesinato de Báez Sosa estaba dentro de lo “previsible” en un mundo paradojal donde la animalidad y el refinamiento son exhibidos con idéntico orgullo.

Durante tu investigación, ¿qué formas particulares encontraste que adopta la masculinidad en el mundo del rugby, distintas de otros mundos?

-Yo venía del palo del fútbol, jugué al fútbol profesional. Por eso no me aproximo al campo del rugby desde la diferencia, sino desde la mismidad, desde ciertas cuestiones que yo tenía en común con los sujetos investigados, que son el atravesamiento de un tipo de masculinidad y ciertos espacios que podíamos haber compartido.

¿Y encontraste alguna similitud entre el mundo del fútbol y del rugby?

-En cómo se estructura cierta dimensión de la masculinidad, que difiere en términos de clase. Pero me encontré con otro tipo de cuerpos, otro tipo de estéticas, otro tipo de lenguaje.

¿Cuáles fueron esas diferencias de clase?

-Están en los sujetos investigados (varones de clases dominantes, que juegan al rugby en La Plata), quienes se perciben como sujetos prestigiosos y de prestigio porque tienen vínculos de importancia en áreas de decisión, en la órbita estatal, en los espacios donde transitaron su carrera socioeducativa. Que son siempre los mismos porque la mayoría pasó por las mismas escuelas, los mismos círculos de sociabilidad. Y el club de rugby es un eje central en su identidad. 

¿A qué obedece este prestigio? Porque es el fútbol, y no el rugby, el que le ha dado al país mucha más gloria deportiva…

-Sí, pero es un acumulado histórico. El rugby en la Argentina hace más de cien años sostiene y garantiza un espacio de distinción cultural, lo que no hace el fútbol.

¿Esta configuración de élite se traduce en cierta sensación de impunidad?

-Hay una impunidad cultural. La posibilidad de producir símbolos, imágenes y representaciones que tienen mucha eficacia hacia afuera del campo de rugby.

No quiero caer en una visión instrumental y economicista de la clase, porque también hay cierta heterogeneidad. Yo hablo de la matriz histórica que organiza el campo del rugby y sostiene ciertos valores como la caballerosidad, el honor, rituales y tradiciones que se gestaron y se construyeron mirando a Francia y a Gran Bretaña y que se sostienen hasta el día de hoy.

Sin embargo, hay ciertas cuestiones de esta necesidad de mostrarse como «machos de verdad» que resultan bastante salvajes y primitivas, como lo que pasó en Gesell…

-Es uno de los pocos espacios donde se pueden conjugar, en términos de imaginarios, lo animal y lo civilizado. Ellos dicen que adentro de la cancha son animalitos y que afuera son tipos pensantes, refinados, moderados. Inclusive hay representaciones mediáticas, en forma de publicidad, que lo expresan así.

Entonces, hay una jactancia de esa animalidad.

-Por supuesto, y ahí está la exhibición. Y sin la exhibición de diferentes potencias no hay una masculinidad dominante. 

¿Y cuál es la relación con las mujeres, la construcción de género que hay en el rugby?

-Durante todo mi proceso de investigación, fue un nudo problemático para uno de mis interlocutores clave que no podía expresar su dimensión emocional y sentimental en referencia a su pareja adelante del grupo y sí lo hacía conmigo, que era un outsider.

Las mujeres cumplen un rol de acompañamiento, están en ciertas prácticas que quedan aisladas del núcleo de sociabilidad: el club es para los varones. Ellas tienen acceso en forma de público, y hace pocos años arrancó el rugby de mujeres, lo cual no garantiza que se cambie esa matriz masculina y masculinizante.

¿Qué lugar queda para las diversidades, para la homosexualidad?

-Casi ninguna o ninguna. No es aceptada o suele estar silenciada, pero quien tiene que sufrir ese padecimiento del silencio termina siendo eyectado del espacio.

Los hechos de violencia protagonizados por rugbiers, a la luz de tu investigación, ¿te sorprenden?

-No. Porque es una violencia legitimada y legítima hacia adentro del grupo y también por cierta parte de nuestras sociedades, que a veces es mayoritaria. No se ve como una práctica irracional, salvaje, bárbara: es una práctica lógica, racional, predeterminada. Es decir: esta muchachada actuó como debe actuar, como debe ser vista, como debe responder a ciertos mandatos. No lo estoy celebrando, estoy diciendo que es legítimo, que está bien en función de la estructuración de las lógicas de la masculinidad dominante. Por eso era previsible para quienes lo indagamos: porque forma parte de un entramado cultural. Lo que pasó el otro día en Villa Gesell se podía prever.

 

*Machos de Verdad… se puede conseguir en la tienda online Mascaró y en la Librería Sudestada, entre otros puntos de venta.

Recibí más periodismo de este lado

Nuestros temas