Redacción Canal Abierto | Ya no se trata de una burbuja financiera que explotó, como en 2008, sino de algo más grave. La economía real entró en crisis.

Al menos eso creen muchos especialistas en el mundo financiero que, en tiempos de neoliberalismo brutal y Escuela de Chicago, ven a la pandemia de COVID-19 como el reactivo que confirma lo que el mundo globalizado se negaba a creer: el sistema se muestra con mala salud hace rato.

Así es que no es insólito leer en los últimos días a activistas del libre mercado pidiendo más controles, más restricciones y más Estado. Un contrasentido que parece una admisión de la incapacidad del manual de Milton Friedman para responder a un nuevo enemigo invisible, igual o incluso menos trágico que otros que han atacado a la Humanidad a lo largo de su historia.

La paradoja es que las reglas del mercado, tal cual están, implican que cada medida tendiente a controlar el virus resulte negativa para los negocios.

“La crisis de 2008 fue gestada en ese hiato que existe entre la economía real y el mundo bursátil, ésta es una crisis que vendría mucho más de la mano de la economía real”, analiza Agustina Gallardo, economista e investigadora del Centro Cultural de la Cooperación.

Y agrega: “Lo que la pandemia parece haber disparado es una flexibilidad mucho más grande sobre cuáles son las opciones de política que tienen los Estados. Cuando los Estados empiezan a tener más atribuciones de las que tienen en general, los mercados reaccionan a la baja y empiezan a prever que el Estado posiblemente avance por sobre algunas libertades individuales y sobre la famosa seguridad jurídica, porque lo que se prioriza es la salud pública”.

 

Un manual de emergencia

En efecto, los principales países afectados por la pandemia –en su mayoría, de los denominados “centrales”- acaban de anunciar paquetes de medidas de grandes volúmenes presupuestarios para paliar la crisis. Francia suspendió el pago de alquileres, impuestos y servicios, España implementó partidas millonarias para subsidios directos y préstamos a empresas, y Estados Unidos aprobó una ley de emergencia multimillonaria para ayudar asalariados y pymes.

Por el contrario, los “mercados” (esa entelequia que describe a quienes manejan las cuentas mundiales), anticipen la recesión. En la última semana cayeron todas las materias primas –el oro (-8,3%), la plata (-25,23%), el cobre (-10.83%), el platino (-24,68%), el petróleo (-21,23%), el gas natural (-9,40%), entre otras-, Wall Street suspendió tres veces sus actividades por el desplome y el Dow Jones sufrió su segunda peor caída de la historia (-12,9%).

En este último lunes negro, Apple, Amazon y Microsoft perdieron, entre las tres, casi US$300 mil millones de su valor de mercado.

Por su parte, el Banco Central Europeo liberó ayer cerca de 100 mil millones de euros (US$112 mil millones) de capital bancario para mantener el flujo de crédito, pero no sirvió. Actitudes similares tuvieron los principales bancos centrales del mundo, en una respuesta tan coordinada como infructuosa. Y es que el miedo venció a la especulación y no hay estímulo que alcance cuando la confianza desaparece.

¿Qué esperar entonces? Una vez controlado el coronavirus, habrá que intentar recuperar una economía que asomará golpeada y con todas sus debilidades expuestas. Si las medidas serán acordes al esquema clásico e ineficiente que el mundo aplicó hasta aquí o se intentará otra cosa, está por verse.

“La pandemia puso un poco sobre la mesa la necesidad de tener una autoridad que esté por encima del mercado y que pueda, en situaciones extraordinarias tomar medidas con las que los mercados puedan no estar de acuerdo –analiza Gallardo-. Sin embargo, no hay nada que indique que esto quede en el acervo cultural e ideológico de las naciones como algo que pueda ser implementado en cualquier otra circunstancia”.

Lo cierto es que el impacto comercial del brote no se restringirá a la parálisis de la producción, el suministro de productos, o la circulación y los servicios: tendrá sus secuelas futuras en un sistema que hace rato padece tos y fiebre alta pero nadie, hasta ahora, ha puesto en cuarentena.

 

Ilustración: Marcelo Spotti

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