Por Carlos Saglul | ¿Qué siente la doctora que mirando a las cámaras de televisión dice: “Deberían ahorrarnos esto”? Y a su espalda se ve en la vereda de enfrente un bar repleto de gente chupando, hablando animadamente sin barbijos mientras las ambulancias no dejan de llegar con nuevos contagiados en estado grave. “Angustia” es lo que otra profesional dijo que sentía en el reportaje de un diario matutino. “No solo porque podría contagiarme en el trabajo sino también en la calle, en el parque. Enfrentar el absurdo de haberme salvado del contagio aquí (el hospital) para contraer la enfermedad en un parque por el alto tránsito de gente portadora del virus”, amplió.

Los políticos y dirigentes elogian a los médicos y enfermeros que día a día arriesgan su vida. Se trata solo de palabras que hace tiempo necesitan florecer en actos. Deberían hacer algo para que los trabajadores de la Salud no se sientan Quijotes abandonados a su suerte.

Si bien el Estado está presente a través de médicos, enfermeros poniéndole el pecho a la pandemia, Poco hace, especialmente en la ciudad de Buenos Aires, para que se respeten las leyes de aislamiento que deben ser regidas por algo más que la “responsabilidad de cada uno”.

Con esta invocación a la “responsabilidad individual” en la que insisten gobierno y oposición pareciera que todos son parte del discurso neoliberal de un Estado que no existe como representación del cuidado colectivo. Hablamos de la vida humana. Si un demente sale a la calle arma en mano a disparar, y pone en riesgo la vida de los demás, seguramente será detenido por la Policía. Pero ¿qué pasa cuando, alguien sale a la calle transformado él mismo en un arma? ¿ En estos casos el Estado puede dejar librada a su suerte a la víctima?

En la ciudad de la peste

El máximo funcionario en materia de combate a la pandemia porteño, Fernán Quirós insiste que salir a la calle y estar en los paseos no es problema si se respeta la distancia. Parece que no hubiera andado jamás por una calle de Buenos Aires. Nadie se desplaza separado por uno o dos metros del otro peatón. Caminar por plazas y paseos es enfrentar un pelotón de tipos que corren sin barbijo y te acribillan al pasar con una nube de micro gotas de saliva.

El polo, el golf, los deportes solitarios preocupan a Horacio Larreta. Genera “angustia” no poder practicarlos. Una angustia similar a la de los vecinos de las barriadas populares que no tienen agua o electricidad. Pero los pobres siempre fueron pobres, están acostumbrados. En cambio el jugador de golf que no puede practicarlo se angustia. ¿No es así Horacio? En el peor momento de los contagios en el país, Larreta abre las escuelas para que vayan los chicos de las barriadas populares, a riesgo de que se contagien ellos y sus familias, todo eso por ahorrarse comprar unas cuantas computadoras en la comuna más rica de Latinoamérica. Y bueno, “cayeron en la escuela pública”. Horacio no puede ocultar su origen de clase.

Como si el bombardeo a plaza de Mayo, los fusilamientos de León Suárez, la masacre de Trelew, los 30 mil compañeros desaparecidos no hubieran existido jamás algunos dirigentes peronistas descubren que “tenemos una derecha violenta”. Se quejan que Horacio Larreta apalea a tres anarquistas que se juntan para protestar pero permite marchas de miles de personas convocadas por sus correligionarios cambiemitas.

Todo dispositivo político tiene quien golpea y quien negocia. A Horacio Larreta, recambio del desgastado Mauricio Macri, cómodo en su reposera europea, le toca ese papel, pero de ahí a pedirle que cumpla la ley y disperse a sus copartidarios que manifiestan junto a su comparsa neonazi hay mucha distancia. Y las fuerzas que dependen del Gobierno Nacional, ¿para qué están?

Al principio de la cuarentena todos hemos visto a la policía llamar la atención a aquel que se alejaba demasiado de su hogar ya sea caminando o paseando a su perro. Las actas de infracción fueron miles. Hoy la policía hace como si no viera cuando pasa junto a ciudadanos que en despreocupado montón y sin barbijo toman cerveza y conversan en las esquinas, los zaguanes o paseos públicos. La nueva realidad se llama: mirá como me importa un bledo el otro.

Hay una suerte de indefensión en el ciudadano que cumple con las reglas solidarias frente al otro que a diario con total impunidad las viola.

El juego del vale todo

El gobierno se queja de que Cambiemos viola las leyes de la democracia. La oposición sigue jugando al “vale todo”. Si dicta una Ley Antidespidos, los grandes grupos económicos contestan con despidos y después le piden al Estado que les pague el sueldo durante la pandemia a los obreros que dejaron trabajando. Hacen pito catalán y lo imposible por seguir evadiendo cuando desde el gobierno se pide que por lo menos por una vez paguen algo a través del “impuesto a las grandes fortunas”. Cuando Fernández dispone la expropiación de Vicentin, luego de su vaciamiento y la mayor estafa de siglo al Estado, le hacen dar marcha atrás acusándolo de atentar contra la sagrada propiedad privada. Lo denuncian como dictador encubierto que, con el pretexto de la pandemia, trata de llevar el país al comunismo. Ni que hablar de tratar la reforma de la Justicia. No es que no sepan que ninguno de los juicios a funcionarios K se podría ver afectado. En realidad, pretenden ponerse a salvo de que algún juez independiente trate de meter tras las rejas a sus jefes por la larga lista de actos de corrupción en los que están más que sospechados de haber participado.

En nombre de la libertad que perdieron al “no poder salir de sus domicilios”, Cambiemos volvió a movilizar a una creciente fauna mutante producto de la intoxicación mediática. Así se los golpee en la cabeza con un ladrillo del derrumbado muro de Berlín, esta nueva derecha seguirá repitiendo consignas de la Guerra Fría, que las vacunas son fetos licuados, la pandemia un invento, que Cristina como los piratas de la Isla de la Tortuga tiene enterrada su plata en Santa Cruz, insistiendo en la necesidad de crucificar a los abortistas, meter en manicomios a los homosexuales, terminar con la educación sexual en las escuelas. “Fui a la marcha, estuvo buena. Estoy contagiado de Coronavirus, es solo un resfrío”, festeja un manifestante en las redes. Ni que hablar de lo que extrañan a la “doctrina Chocobar”, o sus nostalgias: “Necesitamos otro general Videla”.

Toda esta gente desprecia la debilidad. “Yo tengo el virus, es un resfrío. Si contagio a un viejo y se muere, que se joda por débil. El mundo es de los fuertes”. Para ellos, la debilidad es un vicio de las clases inferiores.

La moderación no es un buen recurso para contenerlos. Si no se los hace cumplir con una norma, van y pisotean la ley siguiente. “Acá van a ver sangre”, prometía un enfurecido manifestante impedido de llegar hasta el móvil de prensa. En cuanto a la mayoría de la gente, no es bueno ese sentimiento de que el Estado no la ampara cuando cumple con la Ley, respeta el derecho y la vida del otro.

Fue la moderación lo que le permitió a Alberto Fernández ser la prenda de unidad del Peronismo y ganar las elecciones. Con las mafias enquistadas la Justicia, la Policía, los organismos de Inteligencia y fundamentalmente los grupos económicos concentrados, verdaderos dueños del poder, los reproches no valen. La derecha no tiene propuestas, es verdad. Tampoco quiere tenerlas. Convoca en base al odio y enemigos imaginarios: comunistas, Venezuela, Cristina, “la conspiración mundial del coronavirus”.

Su empeño es desgastar al gobierno. Terminarlo como sea para seguir haciendo sus negocios. Y en esa instancia, la moderación más que virtud corre el riesgo de ser una condición que termine por no contener a los propios al tiempo que tampoco sirve para detener al enemigo.

 

Ilustración: Marcelo Spotti

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