Por Leonardo Benito Peña* | Mi nombre es Leonardo Benito Peña, soy miembro de la Asociación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos y Mártires por la Liberación de Bolivia (Asofamd). Nací en el año 1975 en Buenos Aires. Soy el cuarto hijo de mi mamá. El primer hijo de mi papá. En 1976, cuando yo tenía un año y ocho meses, ellos fueron secuestrados por un Grupo de Tareas. Nuestro mundo quedó patas para arriba.

A pesar del terror mi familia empezó la búsqueda de mi mamá y mi papá. Fue infructuosa y dolorosa la indagación sobre sus paraderos. No pudimos encontrarlos. Puertas y oídos sordos. Los pocos susurros señalaron hacia Automotores Orletti, un centro clandestino de detención y tortura que funcionaba en el marco del Plan Cóndor. Claro, mi papá era boliviano.  

Les cuento un poco de mi mamá y mi papá. Irene Nélida Peña nació el 9 de marzo de 1949 en Pergamino, provincia de Buenos Aires, era enfermera y delegada gremial del Sanatorio Güemes. Ni siquiera el terror de la dictadura que se instauró en la Argentina a partir del 24 de marzo de 1976 la atemorizó. Siguió luchando por los derechos laborales, civiles y políticos de las enfermeras y trabajadoras del gremio de la salud. Una militante convencida. Añoraba una sociedad justa, igualitaria, incluyente y equitativa. Fue secuestrada junto a mi papá Cosme Benito Choque, nacido en Oruro, Bolivia, el 27 de septiembre de 1946. Era técnico en laboratorio clínico, estudiante de medicina de último año y delegado gremial del Hospital Escuela San Martín. Ambos militaban en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Sus compañeros les llamaban «Pichi» y «Benito» o «Negro».

El 26 de septiembre de 1976, en su domicilio en la calle Gonzales Chávez 236, en el barrio porteño de Mataderos, efectivos paramilitares allanaron la casa. Este secuestro fue realizado en el marco del Plan Cóndor, ya que mi padre era boliviano. Automotores Orletti funcionó como centro clandestino de detención al mando del Primer Cuerpo del Ejército y como base de las fuerzas de inteligencia extranjeras que colaboraban en el país para el plan represivo ilegal entre las dictaduras del Cono Sur. Alrededor de 200 compañeras y compañeras de Uruguay, Chile, Bolivia, Brasil, Paraguay y también de Argentina fueron torturados allí.

En tiempos del olvido, en la década de 1990, volvió a funcionar como taller mecánico. La lucha de los organismos de derechos humanos y los sobrevivientes logró que en 2009 la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires lo declarara «Sitio Histórico».

Mi abuelo Francisco, el padre de Irene, averiguó que de Automotores Orletti mi mamá y mi papá pudieron ser transferidos al centro de detención El Banco «Puente 12» / Omega.

Aún me conmueve relatar el último acto de amor de mamá hacia mí. Cuando al finalizar la tarde del 26 de septiembre de 1976 el Grupo de Tareas allana el domicilio y los identifica, ella reacciona con celeridad para proteger a su papá y a mí. Les pide: “No lo lastimen es mayor de edad”. En se momento estaba en mi casa una compañera del partido que me tenía en brazos. Mi mamá les dice: “Es una vecina y su hijo”. Ese acto me salvó la vida. Yo tenía un año y ocho meses. Por la fuerte represión estuve muy corto tiempo con mi abuelo materno en Mataderos. Mis tíos, por seguridad, me llevaron a Quilmes. Hasta allí llegó de Bolivia la hermana menor de mi papá, Fortunata Benito, y me sacó clandestinamente del país. Llegué a Bolivia con casi tres años, crecí separado de mis hermanos y hermana, cuyos nombres no conocía, y no tuve contacto tampoco con mi familia materna. Gracias a Defensa del Niño Internacional y al apoyo de Asofamd mi tía logró que sea nacionalizado boliviano y me otorguen el documento de identidad cuando tenía ocho años.

Hoy junto a mi familia recordamos los 44 años del secuestro y desaparición de mi papá y mi mamá. Aún seguimos bregando por Verdad, Memoria y Justicia. Décadas de dolor, sociedades sometidas al terror y una deuda que necesita ser reparada para que la historia no se repita.

Llevo como estandarte de vida y lucha a mi mamá Irene Nélida Peña y a mi papá Cosme Benito Choque. A los 30.000 detenidos-desaparecidos de la Argentina, a los que nos arrebataron en Bolivia entre 1964 y 1982, también en Chile, en Uruguay, en Paraguay, en Brasil y en cada país del mundo donde las dictaduras implementaron el terror, la tortura y el asesinato para imponer un modelo excluyente y despótico. Esta lucha no cesa nunca. Aún deben ser restituidas a sus familias y a la humanidad sus historias, sus gestas. Los culpables de los crímenes de lesa humanidad deben ser identificados y ser sometidos a la Justicia.

Los hijos de mi mamá: Marcelo Daniel Peña e Irene Alejandra Hernández murieron con la esperanza de encontrarla. El resto: Javier Héctor Hernández (hijo), Francisco Peña (hermano), Rolando Alonzo Benito Machaca (nieto), Danilo Alejandro Benito Machaca (nieto), Irene Victoria Benito Machaca (nieta), Fortunata Benito (hermana), Francisca Benito (hermana), yo y toda la familia seguimos buscándolos imbuidos en sentimientos de amor y esperanza.

En Bolivia crecí, estudié, formé mi familia. Recuerdo aún hoy que en 1984 mi tía, la hermana de papá, participó de un congreso latinoamericano de familiares de detenidos-desaparecidos. Seguí esa transmisión por el 7, el canal estatal de Bolivia, cuando escuché a mi tía hacer un discurso y de repente algo se quebró en mí. Siempre mi abuela me decía: “Tu papá va a venir”. Y yo… Yo miraba a los aviones… Pero cuando la oí decir a mi tía en esa transmisión que mi papá y mi mamá estaban desaparecidos, a esa edad entendí que no los podía esperar más.

Entrevista a Leonardo Peña realizada en 2014 para la serie documental Invasión USA. Historia de la injerencia de Estados Unidos en Bolivia. Dirección: Andrés Sal.lari. Investigación periodística: Mariano Vázquez. Edición: Alejo Araujo.

 

*Leonardo Benito Peña y su familia son víctimas del Plan Cóndor. Ha dedicado su vida a la búsqueda de Verdad, Memoria y Justicia. Desde adolescente milita en Asofamd y en defensa de los derechos humanos

Edición de texto: Mariano Vázquez

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