Redacción Canal Abierto | Con el desembarco este martes de una misión del Fondo Monetario Internacional (FMI), comenzaron oficialmente las conversaciones para reestructurar la deuda de US$ 44.000 millones que el macrismo contrajo con el organismo.

“El problema es qué nos van a pedir a cambio de darnos condiciones más o menos favorables”, sostiene Ricardo Aronskind, economista, investigador y docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento y en la Universidad de Buenos Aires.

A juzgar por sus respuestas ante la crisis mundial desatada por la pandemia, algunos hablan de que éste es un “FMI más bueno”. ¿Coincidís?

—Las bases institucionales del FMI son las mismas de siempre y la formación ideológica de su staff también.

En el contexto de pandemia, el FMI sorprendió a todos porque instó a los gobiernos a aumentar el gasto público, a no dudar en emitir más dinero si hacía falta y planteó que era un momento en el que, más que hacer austeridad, lo que había que hacer era una política expansiva para contrarrestar el derrumbe de la economía. Eso fue sorprendente. Pero tiene que ver con la situación de pandemia. Ellos no abandonaron ni su misión histórica ni su visión muy pobre de los problemas económicos.

¿Cabe esperar que esta posición indulgente ayude en la renegociación argentina?

Esa sensibilidad transitoria que está mostrando el FMI es para la coyuntura, y lo que nosotros necesitamos es un acuerdo de largo plazo, no de seis meses, que nos permita ir pagando de a poco, no pagar nada en los próximos años, e ir recuperando la economía. Pero, en general, cuando surge un acuerdo de largo plazo las condicionalidades son más grandes, te piden más cosas. Y ahí está el punto crítico: no va a ser tanto el problema de discutir cómo vayamos pagando los US$ 44.000 millones que nos dejó el macrismo, sino qué nos van a pedir a cambio de darnos condiciones más o menos favorables. Y ahí seguramente van a aparecer las tradicionales cuestiones del FMI, lo que han hecho en otros países y recientemente en Ecuador: flexibilizar el mercado laboral, armar un sistema jubilatorio para que ganen plata los bancos.

Pensando en el reciente antecedente de Ecuador, ¿cabe esperar que en Argentina ocurra lo mismo?

—El gobierno de Ecuador hoy en día está copado por la élite ecuatoriana, que es una alfombra de los intereses extranjeros. En nuestro caso no es así.

Se viene de una negociación bastante aceptable con los bonistas y yo prevería una negociación con el FMI que no va a ser rápida, que va a tardar unos cuantos meses. Pero como estamos pidiendo una distribuir los US$ 44.000 millones en los próximos diez años, sobre todo hacia la última parte, nos vamos a encontrar con demandas de reformas estructurales que este gobierno no fue mandatado para hacer sino, precisamente, para no hacer. 

¿Hay espacio para un ajuste en la Argentina? ¿El Gobierno puede encararlo contra lo que eligió su propia base electoral?

Ajuste en el corto plazo no va a haber por la sencilla razón de que el Gobierno está perfectamente consciente de que hacerlo es suicida porque se le van los votos. Pero, además, no tiene ninguna convicción de que hay que hacer un ajuste, no es simplemente que no le conviene políticamente. Los funcionarios del área de economía, por lo menos, están convencidos de que hay que expandir la economía y que hay que expandirla fuertemente. No creo, desde ningún punto de vista, que el Gobierno acceda, en el corto plazo, a una política de ajuste. En ese sentido veo como más peligrosos a los actores internos que al FMI. 

¿Cuáles son esos actores?

—El sector agropecuario y parte del alto empresariado industrial que quieren una devaluación en este momento, y ese sí es un ajuste. No es el que va a imponer el FMI sino el que quieren imponer actores muy precisos locales. La mirada va a hacia el Fondo, parece que fuera el cuco y puede serlo en algún momento, pero ahora el cuco son los que están apostando a forzar al Gobierno a una devaluación. Ese es el ajuste.

Y en este contexto, ¿el movimiento obrero qué rol está jugando?

—Estoy muy preocupado porque sobre todo la CGT está completamente borrada de esta cuestión, siendo la representante formal de los trabajadores argentinos. Es muy lamentable que en relación a la deuda externa pero también a estos problemas que hacen al nivel de vida de los trabajadores argentinos la CGT no se expida. 

¿Creés que el voto argentino en la ONU, en línea con el Grupo de Lima, condenando la política de derechos humanos en Venezuela tuvo que ver con quedar bien ante Estados Unidos y el FMI?

—Si alguien lo pensó así, me preocupa como político. Para que los norteamericanos tomen en cuenta a un país, la medida no es un votito en ONU sino que mandemos tropas a Venezuela. (El ex presidente Carlos Saúl) Menem, en su momento, mandó tropas al Golfo Pérsico, armas a Yugoslavia, a Ecuador en una guerra contra Perú. Y cuando la convertibilidad se empezó a derrumbar le soltaron la mano. Es histórico que Argentina no es compatible con la visión estratégica de los Estados Unidos. Que este gobierno haga una señal de ese tipo es absolutamente irrelevante y lo único que hace es dañar el frente interno de la política argentina. 

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