Por Vanina Lombardi /Agencia TSS | Con voz calma y pausada, María del Carmen Seveso repasa las urgencias que se viven en un Chaco en el que habitualmente falta el agua potable, a donde hace ocho meses que no llueve y que también ha sido alcanzado por las llamas.

Seveso estudió medicina en la Universidad Nacional de Rosario (UNR) durante la década del 70 y a lo largo de su trayectoria se especializó en farmacología clínica y toxicología, cuidados intensivos, bioética y derechos humanos, y filosofía aplicada a cuestiones sanitarias. “Antes de recibirme aprendí cosas en la asistencia pública, que era la primera terapia intensiva que existía en Rosario, y luego trabajé un tiempo en la Cátedra de Farmacología de la UNR, que tenía un centro de Toxicología. Desde entonces era la encargada de atender a las personas intoxicadas que llegaban a los servicios en los que trabajaba. Siempre me resultó paradójico que se usen cosas que envenenan a la gente, me parecía un horror”, recuerda Seveso y hace referencia al uso intensivo del paquete de agrotóxicos y semillas trangénicas que debilitan la salud en Chaco, donde el sistema sanitario está resquebrajado.

Seveso se instaló en Chaco tras el último golpe de Estado y allí se desempeñó en distintos ámbitos de la salud, tanto públicos como privados. Trabajó durante 14 años en el Hospital Perrando, de Resistencia, y participó de la creación del servicio de Terapia Intensiva, “muy chiquito y con mínimos recursos”, del Hospital 4 de junio Dr. Ramón Carrillo, en Roque Sáenz Peña, del que también fue jefa. En esa misma institución fue parte de la conformación del Comité Hospitalario de Ética, en el cual continúa, además de ser parte del Consejo Provincial de Bioética de Chaco.

Luego de ser jubilada “de oficio”, cuando todavía no había cumplido los 60 años de edad, se sumó a redes de colegas para difundir los riesgos y visibilizar lo que tantas veces había visto entre sus pacientes: el impacto de un modelo agroindustrial sobre la salud humana. “Antes estaba encerrada viendo pacientes, recibía personas fumigadas y en muchos casos nos dábamos cuenta qué relación tenían las fumigaciones con ciertas enfermedades inusuales como convulsiones raras, enfermedades neurológicas no habituales, cáncer que evolucionaba muy rápido y mataba a las personas antes de que pudiéramos hacer el diagnóstico”, se lamenta Seveso. “Después de tantos años y de adquirir la destreza de atender pacientes graves, pensé que me iba a morir de tristeza al dejar de trabajar, pero me di cuenta que había otra vida”, agrega.

Fue así como empezó a colaborar con la Red de Salud Popular Dr. Ramón Carrillo, que había participado en las denuncias por fumigaciones en la localidad de La Leonesa (adonde lograron que un juez federal estableciera distancias mínimas de fumigación, con respecto a las fuentes de agua de la población), y la Red de Médicos de Pueblos Fumigados.

En septiembre, Seveso presentó su primer libro, producto de más de un año de trabajo, denominado “Resistiendo al modelo agrobiotecnológico”, en el cual recopila y relaciona evidencias empíricas y teóricas con su propia experiencia, dentro y fuera de la terapia intensiva.

¿Cómo surgió la idea de escribir este libro? ¿Cuál era su objetivo al escribirlo? 

-Después de jubilarme empecé el doctorado en Filosofia en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), en Resistencia, y cuando llegó el momento en el que podría haber hecho la tesis, pensé: ¿Voy a dedicarle dos años a una tesis que si me la aprueban voy a ser doctora en Filosofia pero no le va a interesar a nadie? Era la tesis o el libro, decidí escribir el libro y creo que fue la elección correcta, porque esto puede servir.

¿En qué sentido o de qué manera?

-El libro es una herramienta: contiene datos que pueden servir para futuras demandas. Está tan argumentado y la información tan chequeada, con recopilaciones que fueron desarrolladas y relacionadas con datos que tenemos en los medios y en los servicios de salud, que creo que son irrebatibles. De hecho, a fines del año pasado mandé parte de lo que está en el libro a quienes hicieron la demanda por fumigaciones en Pergamino. Eso les ayudó en la causa, que ganaron económica y penalmente.

¿Por eso el subtítulo del libro “para evitar la complicidad de las víctimas”?

-Sí, para evitar la complicidad de las víctimas y dar a conocer qué es lo que les está pasando, que empiecen a darse cuenta que ese cáncer que tienen no les cayó del cielo, que ese niño mal formado que tuvieron y esa vida terrible que van a tener que llevar tiene un responsable, y que eso se tiene que revertir. Si cada uno se ocupa de reclamar, entonces puede ser que la reversión se haga más rápidamente. Además, el libro pone en evidencia cosas terribles, como que el Gobierno y el órgano de fiscalización no tienen idea de lo que hacen en Gensus, la fábrica más grande de semillas transgénicas de algodón en el país, adonde trabaja gente que se enferma y cuando eso ocurre los echan, pero que además contamina el pueblo y prueba productos y venenos en terrenos que están muy cerca de poblaciones, como la de Avia Terai.

En el libro empieza hablando del algodón. ¿Cuáles eran las problemáticas que veía en esa producción?

-Lo que pasa es que mi pregunta es sociológica: ¿Cómo se deja hacer esto? ¿Cómo permitieron los pequeños productores que se metan en sus campos, que les echen veneno, que les quiten su pequeña producción? Entonces, tengo que explicar la historia de esa población, una historia de sometimientos. Están acostumbrados a que los agredan y les quiten sus derechos. Es más, en algunos casos probablemente ni sepan que los tienen. Eso los lleva, por ejemplo, a reelegir por décadas a gobernantes sojeros que no son capaces de procurar que tengan agua en los pueblos.

Se refiere en particular a las décadas del 80 y 90. ¿Por qué?

-Porque en este entonces yo ya estaba trabajando en Resistencia y en salud pública, ayudaba en zonas sanitarias adonde recibíamos muchos pacientes intoxicados, y encontré publicaciones del diario Norte sobre el tema, de esa época, de las cuales transcribo partes en el libro. Una me pareció espectacular porque el título era “Los chaqueños somos conejillos de india”, “usan productos que son venenos”.

¿Qué productos se usaban en ese momento?

-Similares a los que se usan ahora. Se usaba el DDT, que después fue prohibido junto con el resto de los organoclorados, excepto el endosulfan, que siguió habilitado hasta el año 2011, el dipiridilio, conocido por su marca comercial Paracuat, que es uno de los herbicidas más tóxicos y se sigue usando. En las notas que transcribo se mencionan algunos que se encontraron en los depósitos de Machagai, adonde murieron varias personas. Lamentablemente no hay muchos datos porque se ocultan, aunque en ese momento ya se sabía que producen malformaciones genéticas y cáncer.

El uso de los transgénicos modificó la estructura del campo argentino. ¿De qué manera lo cuenta en su libro?

-Primero cuento cómo entran los transgénicos a la Argentina y digo que Felipe Solá fue el encargado de aprobar su uso, que afectó a millones de personas que vivían en el territorio y habilitó a que los países limítrofes también permitieran su entrada. Hoy tenemos una superficie sembrada con transgénicos y envenenada, de incalculable magnitud. Él siguió trabajando para las corporaciones y lo vimos reaparecer públicamente apenas asumió el Gobierno actual, en Cancillería. Ahora está tras la firma del acuerdo para establecer las megafactorías de cerdos para China, que es peor que todo lo anterior porque no sabemos qué es lo que va a generar.

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Por ese riesgo socioambiental la firma del acuerdo fue suspendida, al menos por unos meses.

-Sí. Con los antecedentes que hay, de los cerdos que tuvieron que matar en China por las enfermedades que provocó su cría intensiva, sumado al surgimiento del COVID-19, ¿cómo alguien es capaz de aprobar algo así? Esperemos que tengamos la fuerza necesaria, las organizaciones y los funcionarios con responsabilidad, para evitar que esto se produzca.

 

Publicado orignalmente en Agencia TSS/Unsam: Seveso: “Siempre me resultó paradójico que se usen cosas que envenenan”

Fotos: Juan Alaimes

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