La revolución, esa promesa endemoniada Un curso virtual de filosofía política con cuatro intervenciones sobre la Revolución: su memoria y presente, sus conceptos y significaciones vitales, y los desafíos. En esta entrevista, el historiador Ariel Petruccelli abre el ciclo que incluirá además a Miguel Benasayag, Carlo Vercellone y Silvia Federici.

Redacción Canal Abierto | Historiador y docente de la Universidad Nacional del Comahue, autor de libros como Ciencia y utopía en Marx y la tradición marxista, Docentes y Piqueteros y El Marxismo en la encrucijada, Ariel Petruccelli es el encargado de abrir el ciclo de charlas “La revolución, esa promesa endemoniada”.

Organizado por Red Editorial y el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas, este mini curso virtual de filosofía política reúne cuatro intervenciones acerca de la Revolución, su historia, sus conceptos, sus significaciones vitales desde la mirada de cuatro pensadores de destacada trayectoria. Una vez por semana, cada una de estas intervenciones de 30 a 40 minutos llegará a los inscriptos gratuitamente al curso.

Además de Petruccelli, que inicia el ciclo este 22 de octubre con la charla “La revolución pendiente”, participan Miguel Benasayag (La Revolución Tecnocientífica, el 29/10), Carlo Vercellone (La Revolución del Trabajo, el 5/11), y Silvia Federici (La Revolución Feminista, el 12/11).

Sobre el curso
El evento es gratuito y abierto para todos aquellos que quieran participar sin requisitos previos. Podés incribirte aquí hasta el 22 de octubre.
Se accederá a los cuatro videos grabados previamente mediante un link exclusivo para los inscriptos, y el video estará disponible para su visualización hasta una semana después de finalizado el ciclo.
No son clases virtuales, no se utilizará zoom ni plataformas similares.
Se extenderán certificados de participación a quienes así lo soliciten una vez finalizado.

Más información aquí

 

Recientemente, Petruccelli publicó en Red Editorial el libro “La revolución (revisión y futuro)”. El trabajo recopila ensayos, algunos ya publicados y otros originales, en los que intenta establecer en un lenguaje relativamente sencillo una serie de discusiones que tienen que ver con instalar la idea de una posibilidad revolucionaria en términos políticos.

Revisar la tradición marxista, repensar problemas clásicos a la luz de nuevas evidencias y nuevos argumentos, e incorporar nuevos problemas hace poco tiempo no considerados, como la cuestión ecológica. Por allí va la intención de Petruccelli, quien vive en la provincia de Neuquén y dialogó con Canal Abierto para presentar las ideas de este ciclo.

 

La promesa endemoniada

¿Qué promesa proponía la revolución durante el siglo XX? ¿Cuál es la promesa endemoniada?

-La concepción de la revolución en el siglo XX prometía varias cosas. Algunas, que podríamos considerar más o menos acotadas o limitadas, aunque muy ambiciosas, como un cambio de las relaciones sociales de producción, un cambio en las relaciones políticas. Junto con eso, que podríamos decir que era una promesa medianamente específica, venía una sobredeterminación: como la posibilidad de una sociedad que hubiera resuelto todas sus contradicciones y conflictos internos; una sociedad de abundancia y libertad ilimitadas, etc.

Los decursos de las revoluciones reales fueron haciendo ver que esos sueños habían sido, quizá, demasiado pretenciosos. A veces, porque la revolución no se conseguía a pesar de enormes esfuerzos y enormes costos, a consecuencia en general de la reacción contrarrevolucionaria. O, en los casos en que se conseguía, una revolución que derrocaba a un antiguo régimen, tomaba el poder, etc. y eso después empezaba a mostrar una serie de problemas de burocratización, de falta de libertades, de estancamiento económico, etc. y las promesas de la revolución quedaban desfiguradas: la revolución traicionada.

Sin embargo, esas promesas, tanto las más acotadas como esa más simbólica de liberación completa de las potencialidades humanas y una libertad completa de los seres humanos, siguen siendo un anhelo aún cuando uno pueda conocer las dificultades de su realización. El objetivo final sigue siendo deseable aún para muchos de quienes piensan que es imposible alcanzarlos.

Esos objetivos últimos permiten aunar incluso a la tradición anarquista con la tradición marxista porque las diferencias entre ambas tradiciones se afincaban más en las vías y los métodos que en los objetivos últimos. En el objetivo final ambas pensaban en una sociedad sin explotación y sin Estado.

Esa promesa endemoniada lo es porque, al perseguirla, a veces ocurren tragedias que llevaron a muchas personas a abandonar toda perspectiva revolucionaria. Pero siempre quedó una suficiente cantidad de personas y pensadores que siguen con esos anhelos y seguirán presentes en cuanto exista una sociedad fundada en la explotación, en la desigualdad, en la depredación de la naturaleza. Una sociedad basada en el egoísmo y el miedo que es lo que estructura al mercado como sistema de relaciones sociales. En consecuencia, el anhelo de una sociedad de relaciones transparentes, sin explotación, de propiedad colectiva, basada en una relación armoniosa con el ambiente, va a seguir siendo un sueño siempre presente, a veces en mayor medida y a veces en una medida menor.

Ariel Petruccelli, historiador neuquino. Docente de la Universidad del Comahue

¿Qué promesas obnubilan hoy, cuando la expectativa de una revolución parece casi impensable?

-En el mundo contemporáneo, la revolución como transformación radical de las estructuras sociales se ha eclipsado en gran medida. Sobrevive en sectores minoritarios de las sociedades, pero no está presente como una posibilidad que persigan grandes mayorías o, al menos, minorías muy numerosas, que piensen que sea algo inminente o alcanzable, como pudo suceder a principios del siglo XX o en las décadas del ‘60 y ‘70.

Sin embargo, es difícil pensar que eso ha sido reemplazado por otro tipo de sueños. No hay mayormente grandes anhelos sociales, lo que hay es una especie de pasividad de las expectativas populares aunque esto no significa que no haya profundos cambios en muchos terrenos.

Hay una gran cantidad de cambios pero no se avizoran como cambios político-sociales de carácter revolucionario a favor de las grandes mayorías populares. Hoy las grandes fuerzas del cambio son las fuerzas del capital. El capital transforma sistemáticamente no sólo sus tecnologías, los medios de producción sino que también transforma radicalmente las relaciones sociales y los vínculos culturales de las personas. 

Si hay algo que es seguro es que en el capitalismo no hay nunca tranquilidad. El capitalismo es una fuente permanente de transformaciones que pueden ser catastróficas.

Posiblemente, la dinámica enloquecida del desarrollo capitalista esté conduciendo a la humanidad y al planeta a una catástrofe ecológica producto del desquicio de la relación de la sociedad humana con el medioambiente en una dinámica febril de crecimiento económico. Que además es muy engañosa porque es un crecimiento donde la riqueza se concentra cada vez más en pocas manos. Entonces hay que mantener una tasa enorme de crecimiento económico para que haya gente que pueda comer, y hay mucha gente que no puede hacerlo, cuando no necesitaríamos tanta producción ni tanta riqueza para que el hambre dejara de ser un problema si hubiera otro tipo de organización económica y de distribución de las riquezas.

En consecuencia, podemos dar por seguro que en el capitalismo no hay estabilidad, hay transformaciones permanentes impulsadas por las agencias del capital. El problema es que han desaparecido las transformaciones impulsadas por las clases trabajadoras, los sectores populares. Eso no quiere decir que estos grupos sean pasivos aceptadores, pero hay un desequilibrio enorme y que es muchísimo más grande que en el pasado cuando las clases trabajadoras podían desarrollar una serie de proyectos propios entre los que aparece “la promesa endemoniada”. Hoy la autonomía de las clases trabajadoras y los grupos oprimidos se ha tornado mucho menor.

El sentido común hoy nos plantea a la revolución como un imposible. ¿Es así? 

-El diagnóstico previo no significa que una revolución no sea necesaria. Si el desarrollo del capitalismo nos conduce a un colapso sistémico, es necesario un cambio radical de carácter revolucionario para poner freno a esa marcha enloquecida de la civilización capitalista. En ese sentido, podemos pensar que la revolución es necesaria aunque parezca imposible.

¿Es posible? Sí, es posible. Que sea posible no quiere decir que sea fácil, ni siquiera que sea lo más probable que ocurra, pero definitivamente como posibilidad teórica una revolución es perfectamente posible.

¿Hay un afuera del capitalismo? ¿Podemos construir una exterioridad a la dupla capitalismo-Estado?

-En el mundo contemporáneo cada vez hay menos afuera. El capitalismo fue colonizando todo. No sólo los territorios, los espacios, las geografías sino que avanzó sobre aspectos de la vida de las propias sociedades capitalistas que no controlaba.

Por ejemplo, el esparcimiento fue una actividad que las clases trabajadoras auto administraban. Basta ver cómo era la cultura de nuestros padres y abuelos, donde los jóvenes iban a bailar a un club social con una lógica no empresarial y que era una forma de auto organización popular en un barrio. Hoy la gente va a bailar a una discoteca que es una empresa capitalista.

Lo mismo podemos decir con el contraste entre los peloteros y la organización de los cumpleaños en otros momentos.

El capital fue colonizando la cultura, el esparcimiento, el inconsciente y, en consecuencia, sería difícil pensar en un afuera al capitalismo. Los hay, pero cada vez son menores y cada vez son más acosados por la propia expansión capitalista.

Sin embargo, dentro de la propia sociedad capitalista, incluso como reacción a sus males, hay personas que intentan construir vínculos alternativos. Por ejemplo, hay gente que busca correrse de las ciudades y hacer un tipo de vida más natural. Gente que intenta construir vínculos comunitarios y colectivos en contra de la lógica del capital, etc. Todos esos emprendimientos son positivos y deben ser apoyados y alentados pero ninguna experiencia a pequeña escala, personal o de pequeños grupos, contraria a las lógicas del capital puede derrumbar al sistema capitalista que es un sistema de una capacidad de totalización gigantesca.

¿Cómo se articula la resistencia dentro del capitalismo? Por ejemplo, la de los trabajadores asalariados explotados por el capital. Uno puede pensar como perspectiva la expropiación de los medios de producción y su colectivización, pero es una medida que no puede ser inmediata. En lo inmediato hay que establecer demandas salariales, etc., con la perspectiva de sustraerse de la economía capitalista.

El otro tema es el tema del Estado. ¿Cómo se puede sustraer a las personas de un control demasiado autoritario del estado? o ¿cómo se puede hacer para democratizar al Estado en la perspectiva de su eliminación definitiva, algo que no se puede pensar en plazos breves? Acá hay una compleja articulación de diferentes problemas que no son excluyentes.

Hay que buscar formas de articulación entre la defensa de quienes actúan dentro de la economía capitalista como clase explotada; entre quienes buscan y a veces logran sustraerse de la economía capitalista y desarrollan emprendimientos cooperativos, comunitarios, etc.; con una serie de transformaciones en el Estado. 

Aquí habrá que tener una mirada que no endiose al Estado. El estado puede ser necesario pero no deja de ser un mal, un mal necesario. Siempre hay que apuntar a que todas las instancias estatales tengan el mayor grado de control popular posible y el mayor grado de democratización posible.

Al mismo tiempo no es sensato pensar que todo pasa por el Estado. La política pasa por dentro y por fuera del Estado.

Cualquier proyecto revolucionario en el siglo XXI tendrá que tener una pata en la economía capitalista que apunte a abolir esa economía capitalista. Una pata en el Estado que busque democratizar y horizontalizar lo más posible el Estado. Y una pata en la construcción de relaciones de carácter cooperativo y comunitario por fuera del Estado y de los sistemas capitalistas.

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