Por Carlos Saglul | Sobre el tramo final de la negociación de la deuda externa, que el país nunca dejó de pagar con ajustes que se dieron en un marco de casi el cincuenta por ciento de la población bajo la línea de pobreza y que le costó al actual gobierno una enorme derrota electoral, “se descubrió” que el FMI no había cambiado. Eso que andaba en cuatro patas y ladraba era finalmente un perro. El organismo engendrado en Bretton Woods por los Estados Unidos seguía ordenando y preservando el orden colonial de las naciones del denominado Tercer Mundo de cualquier desviación populista.

Sin reservas, con un golpe financiero como una pistola apuntándole a la cabeza, el gobierno de Alberto Fernández envió al Congreso no un acuerdo con el FMI sino una declaración de acatamiento. En esto nada exageró la denuncia y consiguiente renuncia del presidente del bloque de diputados del Frente de Todos, Máximo Kirchner.

Dicen las encuestas que la mayor parte de la población respalda la firma del acuerdo. Un pueblo que pasó el 2001, la Argentina incendiada, cómo es posible que pueda pensar en un programa del FMI que no implique incrementar los niveles de pobreza. Es el mayor crédito en la historia del Fondo que hasta debió violar sus estatutos para originarlo. Nadie sabe dónde está lo prestado que fue fugado del país. Pero lo que es peor, el gobierno envió la investigación sobre el origen de esa gigantesca estafa al pueblo argentino a la Justicia, que admite “no funciona”. Jamás denunció públicamente los nombres de quienes la contrajeron para que expliquen de dónde sacaron los pesos para comprar esa fortuna en dólares y que, por supuesto, jamás declararon. Todo es una burla que se ampara en la desinformación. Más que nunca el poder es de aquel que puede contar la historia y es dueño del relato.

La Argentina pasa a ser cogobernada por el FMI junto a un gobierno que lo más que puede pedir -más allá de alguna fantasía reeleccionista- es que lo dejen sobrevivir hasta tanto pueda entregarle el mando a la oposición, que sin ninguna duda tratará de finiquitar las transformaciones neoliberales que comenzaron en este país con el golpe de Estado de 1976. Pero lo que es peor, preocupa la posibilidad que las masas desengañadas que pusieron sus esperanzas en el Frente de Todos terminen en gran parte apostando al discurso de la ultraderecha y su falsa propuesta antisistema. No es casual que sean las mismas fundaciones del sistema las que financian a neonazis y libertarios en todo el mundo.

En Malvinas no hay un cuartel británico, hay una base de la OTAN. Los argentinos que según los medios occidentales “invadieron” Malvinas tienen mala memoria, no solo en materia de deuda externa. Se evidencia cuando Rusia “invade” Ucrania luego de ocho años de provocaciones de los Estados Unidos y ante el riesgo de que se instale una nueva base de la OTAN con sus misiles a solo cinco minutos de Moscú. Las condenas se multiplican.

Más allá de la opinión que depare Vladimir Putin, es absurdo pensar que la acción militar tenga fines imperialistas. El jefe de Estado ruso responde a la provocación norteamericana porque no le queda otra. Este proceso que comenzó con un golpe de Estado pro-norteamericano y terminó con Volodímir Zelenski, un ex cómico que hacía de presidente en la televisión ucraniana y terminó ejerciendo el mismo papel al frente del país, es todo ganancia para Estados Unidos que obliga a Rusia a un previsible aislamiento que Moscú espera remontar a través de la solidaridad china.

Es unánime la opinión “en contra de la guerra”.  Pero ojo, no todas las guerras.  ¿Cuál es la razón de que ningún medio o gobierno occidental reaccionó ante el sufrimiento de los millones de muertos producto de las invasiones de la OTAN en Irak, Libia, Afganistán, Siria?  Los europeos que dejan ahogarse en el mar a los refugiados que escapan de los países destruidos por los Estados Unidos ahora lloran ante la televisión que muestra a ucranianos escapando de la guerra. La hipocresía es grotesca.

“La necesidad” de la firma del acuerdo con el FMI borró la grieta. Allí están alineados sectores del gobierno, la CGT, Sergio Massa, los radicales, Cambiemos, la Sociedad Rural y la Asociación Empresaria Argentina. Lo mismo pasa con el repudio a la actitud rusa que se califica de “expansionista” y no defensiva.

Un tanque ruso aplastó un auto civil. Se difunde el video en todo el mundo. Dos días después se sabe, el tanque es ucraniano. Algún medio lo aclara. Pero, ¿qué importa?

Estados Unidos maneja el 99 por ciento del flujo informativo. Para la gran mayoría el tanque es y será ruso. La Comunidad Económica Europea, Google, Facebook decidieron acallar a la televisión rusa. Así la censura pasó a llamarse ahora pluralismo. Poder es también modificar el significado de las palabras. 

Transformar la realidad depende de cuanta información se tenga. No se puede cambiar lo que no se conoce. Más que nunca, en este Occidente que condena a la dictadura rusa en nombre de la democracia y la paz, la gente debiera preguntarse cuentas mentiras hacen su verdad.

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