Por Marta C. Galí y François-Xavier Hutteau* (Revista Ignorantes) | El regreso de la huelga en Francia tras los años de la pandemia puede marcar un nuevo ciclo de lucha en el que los sindicatos intenten renovar con fuerza su poder de negociación. Es también el retorno del mundo del trabajo como espacio de constitución de nuevas relaciones de fuerza en la izquierda francesa: el conflicto existente en la esfera de la producción, que se traduce en la demanda de un aumento salarial, puede unirse a temas como «la vida cara» y darles un nuevo aspecto, el de una lucha sostenida en el tiempo.

Desde comienzos del ciclo lectivo, Francia está viendo cómo el “movimiento sindical a la francesa”, cuyo arquetipo fueron las movilizaciones de 1995, entra en un nuevo episodio de su historia. En efecto, desde hace algún tiempo, los movimientos sociales en Francia se inspiran en gran medida en el gran gesto de unidad que supuso la huelga masiva del sector público en 1995. Sin embargo, con la derrota sindical de 2016 del movimiento contra la “Loi El Khomri” o “Loi travail”, el sindicalismo francés ha sufrido una serie de transformaciones que es necesario comprender para analizar el nuevo ciclo de luchas. El año 2016 marcó efectivamente un declive del poder de negociación sobre el valor del trabajo que caracterizaba al sindicalismo ‘a la francesa’ y, al mismo tiempo, inició un ciclo de luchas postinstitucionales en Francia. Luego, con el movimiento de los Chalecos amarillos (gilet jaunes) a finales de 2018, esto se confirmó con la aparición de la cuestión del alto costo de la vida en un movimiento de masas que cambió definitivamente las reglas del juego y derrotó las viejas formas de negociación política entre los movimientos sociales y el Estado. Los Chalecos amarillos fueron también un movimiento que marcó el inicio de una fase crítica, ya que puso de manifiesto el fin de un modelo económico basado en la energía a bajo costo. Durante este movimiento, hubo pocos momentos de convergencia con las centrales sindicales, por ejemplo, la CGT, más allá de las clásicas manifestaciones del Primero de Mayo, que a su vez fueron profundamente modificadas por el contexto de intensidad permanente impuesto por los Chalecos amarillos.

Sin embargo, y a pesar de esta aparente desconexión entre el movimiento de masas y las organizaciones sindicales, un efecto de acumulación de luchas condujo al gran movimiento contra la reforma de las pensiones a finales de 2019 y principios de 2020. En aquel momento no se hablaba necesariamente de convergencia de luchas, ya que el gran poder de convocatoria de la base sindical de entonces parecía plenamente funcional a la transformación de las mentalidades que se estaba produciendo desde hacía un año en las asambleas, manifestaciones y rotondas de los Chalecos amarillos. Este movimiento de masas pre-pandémico hizo retroceder al poder del gobierno de Macron hasta el punto de suspender la reforma en los meses siguientes. Cuando llegó la pandemia Francia se estaba viendo desbordada por la huelga más larga vivida en el país desde 1995.

En todos estos casos, la pandemia llegó para quedarse un buen tiempo. Naturalmente, los “movimientos sociales a la francesa” se paralizaron, a pesar de los ejemplos de organización autónoma de comités de ayuda y solidaridad en los momentos más duros del confinamiento. Sin embargo, en términos institucionales, el relevo de toda esta gran transformación de las mentalidades ha sido tomado en el período reciente por una izquierda francesa reunida en torno a la alianza estratégica de la NUPES (La Nueva Unión Popular Ecológica y Social es un acuerdo programático entre partidos de izquierda que conduce a una representación política común en el parlamento así como a una plataforma política común; es el resultado de la confluencia en torno a la plataforma electoral de J.L. Mélenchon, que se ha vuelto hegemónica en la izquierda).

Así que partamos de este contexto: si la lucha social y de masas desde 2016 parecía basarse en el problema del consumo y el encarecimiento de la vida (pensamos en particular en los Chalecos amarillos), la conflictividad social y la tematización política en torno a la producción vuelven ahora con fuerza. De hecho, las huelgas de las últimas semanas en Francia tienen como estribillo persistente y cristalino la exigencia de mayores salarios y un mejor reparto de los beneficios entre los trabajadores. ¿Cómo entender este giro de los acontecimientos, quizás no tan inesperado?

Parece importante subrayar lo que ya se ha mencionado anteriormente: lo que caracteriza este nuevo ciclo de huelgas en Francia es la fuerza renovada del sindicalismo para negociar en torno al valor del trabajo. De hecho, la dinámica observada es la de una serie de huelgas sectoriales –refinerías, institutos profesionales, transportes, trabajadores sociales, etc.– en muchos sectores clave para la CGT. De hecho, la central sindical se niega por el momento a convocar una movilización a escala nacional. Sin embargo, este tipo de movilización a escala local se refiere tanto a la cuestión de los salarios como al costo de vida, lo que le confiere una dimensión estratégica que interpela directamente a la izquierda política. Al mismo tiempo, es la aparición de estos dos temas lo que ha llevado a una aceptación bastante amplia de la movilización en la sociedad francesa, a pesar del inconveniente que puede representar para un ciudadano medio no encontrar gasolina para su auto durante semanas, sabiendo que el acceso al automóvil como medio de reproducción estaba en el centro de la lucha de los Chalecos amarillos.

Por ejemplo, tenemos la movilización de los trabajadores de las refinerías. La principal reivindicación de los trabajadores es el aumento de los salarios, pero esta reivindicación está automáticamente vinculada a la cuestión política de la tasación de los beneficios extraordinarios que obtiene la empresa Total, y esto incluso antes de que comenzara la guerra en Ucrania. Se trata, pues, de exigir un aumento de los salarios no sólo en términos sectoriales e individuales, sino de mostrar estratégicamente que los beneficios excepcionales de Total (los mayores del último trimestre de la historia del capitalismo francés), o el salario del director general de Total, no sólo son indecentes, sino que participan de una dinámica de acumulación capitalista que afecta a toda la sociedad en tiempos de guerra en Europa. Además, esta aceleración de la acumulación capitalista en el sector de los combustibles fósiles responde también a una necesidad de liquidez para poder hacer frente a las medidas de transición ecológica. Desde los Chalecos amarillos hasta el movimiento de los refinadores, las luchas por los combustibles fósiles son también luchas por el reparto del costo de la transición ecológica.

¿Podemos decir entonces, como hacen algunos sectores de la izquierda política, que retorna la “lucha de clases” en Francia? Tal vez, y en todo caso, la huelga de refinadores, por su dinámica interna, parece ir en esa dirección.

Sin embargo, más allá de estas consideraciones terminológicas, el precio de la energía está en el centro de la cuestión del encarecimiento de la vida desde los Chalecos amarillos –recordemos el eslogan “Fin de mundo, fin de mes, misma lucha”. En cierto modo, el macronismo se ha apropiado de este tema, en parte para combatir a la derecha tradicional y a la extrema derecha en el tema tan francés del poder adquisitivo, y le gusta bombardear a la sociedad a través de los medios de comunicación con sus medidas antiinflacionarias. En efecto, contra la inflación, el segundo gobierno de Macron ha intensificado la política de aplicación de primas salariales que pretenden frenar la caída del poder adquisitivo de amplias capas de la población, evitando al mismo tiempo la espiral del “costo laboral” tan temida por los neoliberales. Sin embargo, estas primas salariales son problemáticas por varias razones. En primer lugar, porque sólo se refieren a los trabajadores con un estatuto profesional bien definido (agentes públicos, trabajadores con contrato indefinido, etc.), sin tener en cuenta la gran masa de trabajadores contractuales y precarios que también alimentan los servicios públicos franceses. En segundo lugar, las primas son sólo un medio para desviar la atención de lo que realmente se está exigiendo en las recientes movilizaciones, es decir, un aumento de los salarios.

En efecto, por esta segunda razón, las primas del macronismo no pueden frenar la toma de conciencia en torno al desmantelamiento del sistema de seguridad social francés: la reivindicación colectiva de un mayor salario para el sector público –y no sólo– está vinculada a la defensa de un salario socializado compuesto por una parte de cotizaciones: la política de primas es, por tanto, un ataque al salario socializado. Porque son precisamente esas cotizaciones las que alimentan las garantías sociales que el macronismo quiere desmantelar: el seguro de desempleo y las pensiones, sobre todo. Vemos, pues, que la reivindicación salarial no es fruto de una voluntad sectorial de los refinadores o de los profesores, es decir, de profesiones con un estatuto bien definido, sino que está vinculada a una conciencia colectiva de la necesidad de defender y ampliar el modelo francés de seguridad social.

Es en este último punto donde podemos esperar una movilización que vaya más allá de la puramente sindical. Si nos remontamos a la cronología de las dos últimas semanas, nos damos cuenta de que la manifestación organizada por la NUPES el 16 de octubre contra la “vida cara” consiguió aglutinar elementos subjetivos no sindicales, como figuras del precariado o estudiantes, sin los cuales no se podrían entender las movilizaciones en Francia desde 2016. Si la primera manifestación sindical de este periodo, la del 29 de septiembre, supuso el regreso en vigor del mundo sindical, con gran poder de convocatoria y la sorprendente presencia de un gran número de sindicatos del sector privado, el 16 de octubre fue la ocasión para que la izquierda francesa se mostrara relevante y, sobre todo, conectada con las tendencias autónomas que han surgido en Francia en los últimos tiempos. De hecho, durante gran parte de la marcha, la del 16 de octubre estuvo encabezada por una parcialidad que quiso significarse como elemento autónomo en la dinámica reciente.

Parece importante preguntarse ahora cuáles son las perspectivas de la tendencia autónoma y experimental en Francia. Está claro que uno de los enemigos comunes de los sindicatos y los movimientos autónomos ha sido y sigue siendo la represión “à la Macron”. La represión de los movimientos sociales en Francia ya no es una cuestión minoritaria, sino que también afecta a los movimientos sindicales como el de los refinadores. La represión policial de los movimientos sindicales, que se había hecho más clara desde el movimiento de 2016, es reforzada, de modo que el poder ejecutivo procede a operaciones de requisición de los trabajadores en huelga, en particular de los refinadores, con el pretexto de un servicio público mínimo, que legalmente no concierne a los refinadores que trabajan para empresas privadas.

Esta represión de los movimientos, que es también un ataque al derecho de huelga, no es nueva en Francia, donde el presidente Sarkozy recurrió a ella en condiciones similares en 2011, pero esta decisión del poder ejecutivo había provocado en aquel entonces una resolución de la Organización Internacional del Trabajo que declaraba esta práctica de requisición no conforme con el derecho internacional. Estas prácticas deben entenderse, por supuesto, en el contexto de las dificultades de suministro de combustibles fósiles a los Estados europeos. Planteada así la cuestión, la conformación de reservas estratégicas de gas y petróleo por parte del Estado francés, reservas colmadas, estaría en contradicción con el derecho de huelga: como suele ocurrir, el gobierno macronista antepone sus objetivos a corto plazo a los derechos constitucionales. En el marco de una política cada vez más tendiente a la cuestión bélica, el conflicto social adquiere una intensidad que los macronistas sólo han sabido tratar mediante la represión.

Por ello, en términos de movilización, parece importante enfatizar la perspectiva autónoma porque es necesario que, de alguna manera, todas aquellas formas de subjetividad y experimentación que surgieron en los años de los Chalecos amarillos encuentren continuidad y una forma de expresión en la dinámica actual, junto a la fuerza y continuidad que las bases sindicales dan a sus centrales. El papel que quiere desempeñar la NUPES en este sentido es interesante: para la izquierda francesa, se trata de encontrar otras formas de representación en el espacio de conflicto de la sociedad, y por eso esta alianza de partidos considera que la organización de manifestaciones y marchas es la mejor manera de mantenerse en contacto con la transformación de las mentalidades que le ha dado su fuerza y continúa alimentando su espíritu.

En cualquier caso, parece claro que la cuestión de las perspectivas de este nuevo ciclo de movilizaciones se plantea en nuevas condiciones: la reactivación de la acción sindical en Francia ya no puede disociarse del contexto en el que se encuentra la izquierda política, con un combate institucional en la Asamblea Nacional contra el macronismo. Los movimientos sociales, por su parte, deben plantearse la cuestión de la estrategia a adoptar en este nuevo contexto francés, pero también europeo, con la prolongación de la guerra en Ucrania y el ascenso de la extrema derecha en buena parte de los países de la Unión Europea.

Revista Ignorantes

Los autores
* Marta C. Galí tiene un master en filosofía de la universidad de Paris 8, su tesis de fin de máster trata sobre las obras de G. Tarde y de G. Simondon. Desde hace años se interesa por los movimientos sociales en Francia.

* François-Xavier Hutteau tiene un master en filosofía política y es estudiante de sociología del trabajo en París. En el pasado, participó en la Plateforme d’enquêtes militantes.

 

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