Redacción Canal Abierto | La Confederación General del Trabajo (CGT), o al menos lo que queda de ella, lo hizo otra vez: sembró expectativas de una huelga general en rechazo al Presupuesto de ajuste que rápidamente frustró.

Sea por la falta de consenso en el reciente encuentro del Consejo Directivo con respecto a la oportunidad y conveniencia de una nueva medida -o bien por diálogos con funcionario tras bambalinas-, la decisión cegetista pasó a un cuarto intermedio y dilató la convocatoria para el 28 o 29 de noviembre, en vísperas de la Cumbre del G20. De esta manera, el potencial quinto paro general en la era Macri no apuntaría sus cañones a una jornada anterior clave y trascendente, el debate y la plausible aprobación del polémico Presupuesto 2019 del 24 de noviembre.

Incluso hay quienes especulan con que las fechas barajadas por la CGT resultarían en un velado favor del triunvirato para con el macrismo. Es que la costumbre de parar sin movilizar coincidiría con el objetivo del Gobierno de vaciar la ciudad de Buenos Aires durante los días del cónclave internacional, algo que Cambiemos ya demostró perseguir con el decreto gubernamental para dar asueto el 30 de noviembre.

La realidad es que todo parece indicar que el modelo económico cambiemita -que hasta aquí resultó en crisis económica, pérdida del poder adquisitivo y ajuste– tendrá su continuidad el año con la aprobación de un Presupuesto a la medida del FMI. El proyecto -que ya cuenta con la media sanción en Diputados- no sólo tiene el aval de la coalición gobernante, sino también de un sector del peronismo federal obediente de sus respectivos gobernadores.

Lo cierto es que en la reunión de la cúpula cegetista del día de ayer, el ala más dialoguista que responde al gastronómico Luis Barrionuevo logró dilatar la convocatoria, una postura que ya parece costumbre dentro de la confederación. La excusa fue la misma que un año atrás, cuando tras una marcha (sin paro) de la CGT se vio opacada por el “pone la fecha” de las bases y el ya histórico atril volador.

Cabe recordar que hace aproximadamente un mes salía a la luz un hecho que desbalanciaría el frágil equilibrio dentro de la cúpula sindical: la renuncia del titular de Dragado y Balizamiento, Juan Carlos Schmid representaba el apartamiento del sector mas confrontativo. Con su salida también se resquebrajaría la estrategia de alianzas con movimientos sociales –entre ellos, CTEP y Barrios de Pie- y otros sectores del sindicalismo combativo, como la CTA Autónoma.

La salida de Schmidt no sólo devaluó y apuró lo que pareciera ser el epílogo de otra etapa más en la central obrera, surcada por una crisis de representación latente que la marca a fuego desde los noventa. También expresó los débiles lazos tendidos para conducirla, y expuso la tibieza con que impulsa el conflicto social.

Ahora, frente a un escenario de crisis y pérdida del poder adquisitivo, queda claro que la esperanza de poner un freno en las calles a la aprobación del presupuesto, y el brutal ajuste que implica, recaerá en alternativas sindicales.

Quien ya se perfila como actor central de las luchas que vienen, juntos a los partidos de izquierda y organizaciones sociales, es la CTA Autónoma que conduce Ricardo Peidro. La Central que acampó una semana entera frente al Congreso en rechazo del Presupuesto, ya anticipó una movilización contra el G20 y, aunque todavía no realizó el anuncio, se descuenta que también convocará a medidas de cara al debate en el Senado.

En otro polo del universo gremial, los agrupados en la Multisectorial 21F (Pablo Moyano y la CTA de los Trabajadores) no logran unificar criterios, aún siquiera para lo que otrora caracterizaban como “unidad en la lucha”. Tampoco lo hicieron durante la jornada de represión por el tratamiento del presupuesto en Diputados, cuando Camioneros optó no poner el cuerpo y marchar a varias cuadras de la Plaza del Congreso.

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