Por Federico Chechele | Cuando Mirta fue secuestrada estaba embarazada de seis meses. Tres meses después, dentro de la ESMA, dio a luz a su hijo. Junto a su amiga Nilda Orazi, quien la ayudó en el parto, le hizo un rayón adentro de la oreja para poder encontrarlo cuando saliera. Estuvo 22 días con su bebé. Luego se lo quitaron y fue “trasladada”. Hoy forma parte de la brutal lista de 30.000 desaparecidos.

Emiliano Hueravilo, el primer bebé nacido en la ESMA, fundador de la agrupación HIJOS y actual Secretario de Derechos Humanos de la Asociación Trabajadores del Estado de la Provincia de Buenos Aires (ATE), encabezó la tradicional Visita de las Cinco, un estremecedor recorrido guiado por el ex centro clandestino en el que desaparecieron sus padres.

A Mirta Mónica Alonso Blanco y Oscar Lautaro Hueravilo los secuestraron el 19 de mayo de 1977. Ella estaba en el velatorio de su abuelo con su papá y sus hermanas. Él se había retirado un poco antes porque al otro día trabajaba. A la medianoche se aparecieron dos Ford Falcon con personal vestidos de civil presentándose como miembros de la Policía Federal diciendo que su marido había sufrido un asalto y que estaba gravemente herido. Mirta salió y la subieron a uno de los Falcon. Justo una hora después, Oscar llegó a su casa, dejó sobre la mesa la billetera, los cigarrillos y reposó en la silla el saco que tenía puesto. La Armada había rodeado toda la manzana de Fitz Roy y Paraguay. Ingresó el operativo y lo secuestró.

La Visita de las Cinco es un homenaje a la madre y el padre de Emiliano al cumplirse 42 años de su secuestro. Oscar, era chileno, de origen mapuche, estudiaba derecho, vivía en Buenos Aires desde los 7 años y era el responsable de la juventud del Comité del Partido Comunista de Capital Federal. Mirta era docente y responsable de prensa del PC Central. Se conocieron militando y trabajaban juntos en la Bodega Peñaflor. Cuando fueron secuestrados ella tenía 23 años y él 22. Según varios testimonios, Mirta y Oscar estuvieron juntos en la Escuela de Mecánica de la Armada, nunca se cruzaron porque Oscar fue “trasladado” rápidamente, pero sabían que el otro estaba ahí.

Federico Chechele (periodista), Osvaldo Barros (sobreviviente), Lara (hija de Emiliano), Emiliano Hueravilo, Alejandra Naftal (directora del Sitio), junto al guía de «La Visita de las 5»

Por la puesta museográfica que se despliega a lo largo de todo el recorrido por el ex centro de exterminio más grande del país, han transitado familiares, sobrevivientes, dirigentes de organismos y especialistas investigadores. A Emiliano le tocó una tarde de sol que apenas se percibe entre los enormes árboles y las instalaciones del predio.

La “Visita” comienza en el centro neurálgico de la represión. Antes de ingresar, en la puerta del Museo, Emiliano junto a una de sus hijas les habló a más de 200 amigos, familiares y militantes que estuvieron presentes para revivir el horror de la ESMA: “Muchos siguen buscando su identidad, yo tuve la suerte de reencontrarlos (a sus abuelos) a los 4 meses de vida. Mi abuela me buscó, me encontró, me crió, me dio cariño y amor, y gracias a ella soy el hombre que puedo ser hoy”. El recorrido comienza en el Casino de Suboficiales donde se proyecta un audiovisual que transita la historia política de nuestro país, haciendo foco en los sucesivos golpes de Estado. Luego, la caminata desciende hasta la frialdad del sótano, espacio donde se torturaba con picanas y golpizas para obtener información. Mientras los visitantes recorren el sitio, pasan de un lado a otro alrededor de Emiliano que se encuentra estático, cruzado de brazos, con la pera hacia arriba, mirando el pasado. El guía explica en qué consiste el lugar y le pasa el micrófono. Emiliano relata lo que fue sabiendo con pocas palabras, sin muchas precisiones, pero con contundencia. Vuelve a mirar para arriba. Se queda sin aire, pero sigue. “A fines del 2004, pude hacer una recorrida junto a Graciela Daleo, una sobreviviente que me contó dónde habían estado mis viejos, dónde había nacido yo, buscando cerrar etapas. Fue distinto, no tenía la pasarela de madera, los paneles, ni videos explicativos; el Casino de Oficiales estaba pelado como si el tiempo no hubiese pasado”.

A los cuatros meses de vida, el 13 de diciembre de 1977, a Emiliano lo dejaron en la puerta del Hospital General de Niños Pedro de Elizalde, ex Casa Cuna. Se cree que fue el primero en nacer en la Esma porque todavía no estaba la disposición de lugares para embarazadas. Y el propio Emiliano asegura que apareció con vida porque la marca que le regaló su madre se divulgó entre los represores que residían dentro este centro de exterminio.

Fue descartado dentro de una cuna frente al hospital con una nota: “Emiliano Lautaro Hueravillo Alonso, nacido el 11 de agosto de 1977, en un parto normal y alimentado con la leche S26”. Según testimonios de sobrevivientes la fecha es falsa. Se cree que pudo haber nacido a fines de julio, aunque su madre tenía fecha de parto para el 15 de agosto.

Intervino la jueza de menores, que en ese momento era María Romilda Servini de Cubría. El juzgado informó a los medios de comunicación y se publicó la noticia con el título: “Una madre abandona a su hijo en las puertas del Hospital Elizalde”. Sus abuelos paternos –que habían comenzado la búsqueda desde el mismo momento del secuestro-, fueron informados por compañeros del PC cuando se enteraron de la noticia. Era de noche, se cambiaron y se fueron para el hospital. Los recibió el director y les dijo que el bebé estaba ahí pero que debía entregarlo el juzgado. Inmediatamente se reunieron con Servini de Cubría y ella les informó que efectivamente había un menor con las características de Emiliano. La jueza dio fe de que su abuela era su abuela y ese mismo día, el 13 de diciembre de 1977, fue recuperado por su familia.

Antes de llegar al último piso, los visitantes observan las paredes blancas, solitarias, que asfixian, del primero y segundo piso donde se encuentran las habitaciones que ocupaban los represores. En el tercero se halla la aterradora Capucha, la planta de reclusión y aislamiento en la que, se ve, las celdas se repartían entre los tirantes del techo a dos aguas y en algunas habitaciones, entre las que estaban las reservadas para embarazadas a punto de parir. “Acá nací yo”, le dice Emiliano al cronista, con una sonrisa suave y achinada. En ese altillo de un metro y medio por tres, sobresale un rostro dibujado en una de las paredes que fue descubierto años después de terminada la dictadura cívico-militar.

En la otra punta del tercer piso está “La Pecera”, la redacción en la que algunos detenidos y detenidas con conocimientos particulares de periodismo, investigación e idiomas eran obligados a analizar publicaciones sobre las denuncias por crímenes de lesa humanidad y a producir material de propaganda a favor de la dictadura. Por último, una escalerita lleva a Capuchita, una especie de altillo en el que la vida y la muerte, entre 1976 y 1983, valieron menos que nada.

“En la casa de mi abuela siempre se discutió política y desde el secundario empecé a comprometerme con algunas cuestiones. En 1995 ingreso a HIJOS Capital. Fue poner toda mi historia en función de la militancia, donde todos decíamos más o menos lo mismo”, relata Emiliano.

Luego de rechazar en dos oportunidades ir a Cuba para estudiar medicina, aquel bebé que fue amamantado por su madre en un centro clandestino de detención y restituido a un hospital, decidió recibirse de enfermero y terminó trabajando en el Hospital de Niños de La Plata. Con el correr del tiempo fue a parar al servicio de lactantes y recibía niños de 1 mes a 2 años. Los medicaba, le daba la mamadera, le ponía vías o sacaba sangre. “El hospital fue una escuela y una segunda casa para mí. Terminé de madurar quién soy porque la enfermería es mucho más que cuidar un paciente, es un saber que utilizo para la militancia y en los barrios”, agrega  Emiliano.

En 1999, la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú le realizó una entrevista en la puerta de la ESMA en un informe que hicieron por el Juicio a las Juntas y que fue transmitido por Canal 13. Al otro día, cuando llegó al trabajo, sus compañeros se abalanzaron para saludarlo. Nadie conocía su historia. También lo llamó por teléfono un delegado de ATE de Salud diciéndole que no sabía nada de su pasado y que se ponía a su disposición. Era Oscar de Isasi, actual Secretario General de ATE Provincia de Buenos Aires. Como muchas agrupaciones políticas y sindicales se le acercaban por su historia, Emiliano le ponía un freno. “Yo soy lo que soy por lo que pude generar no por mi mochila”, suele decir hasta el día de hoy. Pasó el tiempo, se afilió a ATE, asumió el compromiso de ser delegado, llegó a ser delegado general del hospital y hoy es parte de la conducción provincial del gremio.

Aquel bebé que fue amamantado por su madre en un centro clandestino de detención y restituido a un hospital, decidió recibirse de enfermero y terminó trabajando en el Hospital de Niños de La Plata. “El hospital fue una escuela y una segunda casa para mí. Terminé de madurar quién soy».

Invitado por Emiliano, Osvaldo Barros, un sobreviviente de la ESMA, también fue parte de la Visita. Integrante de la Asociación Ex Detenidos Desaparecidos, fue uno de los que se opuso fuertemente a la remodelación del espacio aduciendo que se banalizaría el sitio. En sintonía con Emiliano, reclaman que se garanticen las medidas necesarias para la preservación física de todo el ex centro clandestino, que todavía es prueba fundamental en los juicios. Durante el recorrido, recordando a compañeras y compañeros, Osvaldo dio precisiones de su cautiverio, de cómo fueron torturados y de cuando fueron trasladados a las islas del Tigre durante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de 1979. “Hay que seguir condenando a los genocidas, quizás no sean los juicios que queremos pero vamos a continuar exigiendo cárcel común y perpetua”, dijo Osvaldo con Emiliano asintiendo a su lado.

Cuando lo llamaron del Museo para invitarlo a la “Visita de las Cinco” Emiliano quedó sorprendido. Le fue difícil preparar la visita: “Me hizo plantarme ya no como víctima sino como dirigente sindical, porque no era una reivindicación solamente de mis padres, ni mía tampoco, sino para que la sociedad o los compañeros más jóvenes puedan saber que el Casino de Oficiales fue un centro clandestino, que todo el predio lo fue. Me paré desde ahí, pude trasmitir lo que quería, enfrentar el dolor y expresar que yo, como Osvaldo, era un sobreviviente de ese lugar”.

Luego de tres horas, el recorrido finaliza en el salón El Dorado con otra puesta visual vinculada a la condena de los represores. Emiliano cierra la visita frente a todos los que lo fueron a acompañar. De pie, con su prolongado cabello negro fuera de época, donde empezó todo.

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