Por Carlos Saglul | La cuarentena se prolonga y los chistes en las redes no dejan de recordar la gestión de Mauricio Macri. “San Alberto, San Alberto menos mal que estas vos y no el mamerto”. También hay comentarios que hacen referencia a los hospitales casi terminados por el gobierno peronista que el macrismo clausuró o dejó vandalizar y hoy se reconstruyen a paso acelerado por la pandemia. Las vacunas vencidas abandonadas en la aduana, el material sanitario arrojado como basura en depósitos, hospitales móviles puestos a la intemperie junto a ambulancias, algunas sin usar. No es chiste, la destrucción de la salud pública, el maltrato del personal, los bajos sueldos, científicos y profesionales que abandonaron el país. La destrucción del Estado son más que las andanzas de un “mamerto”.

La peste, cosa de negros

Es peligroso que lo sucedido quede centrado en la figura del ex presidente. El ingeniero Macri no se diferencia, ni siquiera en el prontuario, de su colega chileno Sebastián Piñera, que aprovechó la pandemia para ordenar el Estado de Sitio y contener las movilizaciones que piden su renuncia; o de Jair Bolsonaro, quien habla de “gripecita” y son los narcos los que imponen la cuarentena en las favelas. Hasta los criminales entienden el genocidio que significa el Estado ausente.

Macri es un cadáver político pero no significa que el neoliberalismo corra la misma suerte.

Lo peor de la pandemia aún no ha llegado. El medio pelo piensa que es “cosa de negros”. Hace caravanas en la ruta rumbo a la playa “aprovechando que no se trabaja”. Va a buscar a la sirvienta que se plegó a la cuarentena e intenta introducirla en el country -burlando a la policía- escondida en el baúl del coche, como paso en Tandil. Imitan a los que sí tienen guita, que sin enrojecer se presentan ante la Justicia para solicitar le dejen pasar la cuarentena en su casa de fin de semana en Punta del Este.

Están convencidos, como Bolsonaro, que “habrá algunos muertos”, pero no serán ellos.

El neoliberalismo es más que un alto funcionario mediocre títere por el poder económico. Es una cultura que se estrella contra la contundencia igualitaria de la muerte. Seguro que quienes duermen en la calle tienen más riesgos de contagio que Gustavo Nardelli, el dueño de Vicentin que, sospechado de esquilmar a todos los argentinos por millones de dólares, fue detenido -obvio, no por eso-, por violar la cuarentena dando una vuelta en su yate.

El bicho de la peste es muy andador, y se mete en todas partes, no hace diferencias sociales.

Respirar y recordar

La pandemia comienza a evidenciar su derrota solo cuando pierde la pulseada con el sistema de salud pública, la construcción solidaria. Esto revalorizó el papel del Estado aún entre lo más reaccionarios.

Los economistas de la televisión y su libreto apolillado de achicar al Estado de pronto, desaparecieron. El presidente Alberto Fernández puede decir, sin causar gritos de terror en la derecha, que por cinco años no hay un mango para pagar la deuda externa.

La tragedia global es también una oportunidad. Es complicado exaltar el egoísmo extremo como virtud con la escenografía de los camiones del ejército italiano transportando cuerpos sin identificar por falta de tiempo.

Quienes votan a los Macri y los Bolsonaro, afiliados a la mejor obra social privada y protestan por tener que pagar el sistema público de salud, deberían siquiera imaginar la experiencia de morir ahogados en un hospital público por la ausencia de un simple respirador artificial. En “La Peste”, Albert Camus escribió “todo lo que el hombre puede ganar en el juego de la Vida y la Peste, es el conocimiento y el recuerdo”. Una vez más, como después de la dictadura, del 2001, ese es el desafío de los sobrevivientes.

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