Redacción Canal Abierto | Cuando en tiempos de COVID-19 y cuarentena global todo parece ser incertidumbre, un grupo de pensadores de diversos campos disciplinares (la filosofía, la sociología, la historia, la comunicación y la psicología, el arte, la economía, la educación y la ecología) intentan echar luz en torno a las condiciones que hicieron posible la pandemia, las múltiples reacciones estatales y los posibles desenlaces.

Es el caso de “Reflexiones para un mundo post-coronavirus”, título del último texto de la socióloga Maristella Svampa, publicado en el compendio La fiebre. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemia de la editorial ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio).

En su escrito, la investigadora y autora de múltiples libros –Chacra 51. Regreso a la Patagonia en los tiempos del fracking y Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. Conflictos socioambientales, giro ecoterritorial y nuevas dependencia, entre otros analiza los aspectos ecológicos, políticos y sociales que sirvieron de caldo de cultivo para la proliferación del virus. Y si bien realiza una crítica profunda respecto de las disímiles respuestas estatales, el texto de Svampa se propone un objetivo en estos tiempos: plantear horizontes posibles, desde abajo y en clave política, social y ecológica.

Entrevista con la socióloga, escritora e investigadora, Maristella Svampa.

– ¿A qué te referís cuando en tu texto del libro La fiebre cuando hablas de un “Leviatán sanitario”?

En primer lugar, hay que decir que estamos ante una encrucijada civilizatoria que ha puesto en jaque a toda la humanidad y el planeta como nunca antes. Pandemias ha habido en otros tiempos, pero nunca ha tenido este alcance global: más de un tercio de la población mundial hoy está en cuarentena.

Hay un regreso del Estado que tiene una doble faz. Por un lado, y retomando la fórmula de Thomas Hobbes, podemos hablar de un Leviatán sanitario que se erige en todos los países con un sistema de disciplinamiento para evitar el contagio. En este sentido, son varios los autores que vienen insistiendo en la consolidación de un estado de excepción, con la promoción de una suerte de “éxito” en países asiáticos y, sobre todo, en China. Todo esto, asociado al avance de la sociedad digital, el big data y un control mucho más cerrado de los individuos. En nuestros países periféricos el estado de excepción aparece a través de la proliferación de fuerzas represivas, sobre todo en los territorios mas vulnerables que -en muchos casos- implica la violación flagrante de derechos.

Por otro lado, vemos un Estado que vuelve de la mano del intervención social, a contramano de lo que aconsejado por el neoliberalismo en las últimas tres décadas, y que muestra el fracaso de las políticas de ajuste.

No hay que olvidar que estamos ante una fabulosa recesión, cuyos resultados todavía no estamos viviendo. Un tercio del producto bruto mundial ha caído, y muchos anticipan esta depresión como mucho peor que la de la década del 30´, la de la Segunda Guerra Mundial o la de 2008/2009.

En América Latina el 53,1% de la población no es asalariada formal, sino sectores informales que van a ser los más afectados en esta coyuntura. En China las cifras ya son enormes, con 200 millones de trabajadores migrantes que fueron despedidos y deben volver a sus lugares de origen. En la India, una situación similar pero con una cifra que alcanzaría los 100 millones. La situación es realmente estremecedora, y en pocos meses vamos a vivir de lleno uno de las mayores recesiones económicas que haya conocido el mundo. Efectivamente, es fundamental la función que pueda tener el Estado favoreciendo a los más vulnerables y poniendo límites a las demandas de los sectores más concentrados.

– ¿Crees que se trata de una crisis que pega por igual a ricos y pobres? ¿Cómo interpretas esta apelación al aporte solidario de los sectores mas ricos?

La crisis suele desnudar las grandes desigualdades sociales, no sólo en países periféricos, sino también en los centrales. Es interesante volver a la crisis de 2008 y ver cómo esta se resolvió, es decir, a favor de los sectores financieros y de los capitales concentrados. La reconfiguraciones sociales, políticas y económicas fueron -a todas luces- negativas. No es casual que al poco tiempo, en 2011, surgiera el movimiento Occupy Wall Street, que contraponía al 99% de la población al 1% de los super ricos. Desde entonces, las desigualdades han crecido, y lo muestran con claridad trabajos como el de Thomas Piketty.

En esta crisis que abre la pandemia, no hay margen para profundizar las desigualdades. No hay opción: es el colapso civilizatorio a través de la profundización de las desigualdades y el capitalismo del caos, o bien el Estado interviene a favor de las mayorías, colocando límites a los sectores más concentrados y tratando de redistribuir la riqueza.

Estamos ante un dilema: ganan los de siempre y vamos a un colapso generalizado o construimos un horizonte nuevo que articule justicia social y justicia ambiental, porque la próxima crisis va a ser –sin duda- climática.

– ¿Por dónde se empieza a construir ese nuevo mundo?

En lo inmediato, y aún en este contexto horroroso, necesitamos un Estado activo con una batería de políticas públicas que implique una redistribución del poder social. Es importante revitalizar y rescatar experiencias que hace tiempo vienen creciendo desde abajo, al calor de las resistencias.

Algo interesante para pensar hoy es que la crisis pone en evidencia la importancia del paradigma del cuidado, algo que las eco feministas y los feminismos populares han subrayado en los últimos años. Cuando hablamos de paradigma del cuidado colocamos en el centro la idea de cuidado, de respeto, de reciprocidad, de complementariedad. Es decir, que el ser humano no es autónomo, sino que depende de los otros y su vínculo con la naturaleza.

Hoy en día, por ejemplo, debemos valorar el esfuerzo que hace todo el sector sanitario, esos profesionales de la salud que siempre han sido desvalorizados al calor de una mercantilización de las reformas liberales de los últimos años. Vendrán nuevas pandemias y una crisis del cambio climático, y nada mejor que esos profesionales de la salud para dar cuenta de esa relación estrecha entre salud, ambiente y cuidado.

Otro elemento son las dimensiones globales de las intervenciones que tendrán que encarar los Estados. Hoy en día, por ejemplo, es central el debate sobre el ingreso universal ciudadano. Una propuesta impulsada por organizaciones como la CTA que antes parecía poco viable en su instrumentación, y que hoy surge con visos de verosimilitud o necesidad para responder a la crisis que se viene. Es decir que, por el sólo hecho de existir, alguien tenga derecho a percibir un ingreso independiente al salario. Un derecho a la vida por fuera de la retórica.

Esta crisis vuelve necesario lo que antes parecía inviable: impuestos a las fortunas, el ingreso universal ciudadano, reforma fiscal progresiva, transición socio ecológica.

– ¿Ves posible pensar una transformación de estas megalópolis, como Buenos Aires, que funcionan de caldo de cultivo para estas epidemias?

Estos tiempos del antropoceno en que está en juego la vida misma del planeta son tiempos de urbanoceno. La gente está aglomerada en grandes ciudades abiertamente insustentables desde lo social y lo ambiental. Cuando hablamos de modificar la matriz productiva y energética estamos pensando en un cambio en el sistema de relaciones sociales donde la forma en que circulan y se consumen bienes también debe ser diferente.

Incluso en un país tan sojizado y transgenizado como Argentina se vienen multiplicando las experiencias de agroecología que tienen que ver con un nuevo modo de habitar el territorio, vincularse con la naturaleza y construir una historia por fuera de las grandes ciudades. De ahora en más, estas experiencias no sólo deben surgir desde abajo, sino también desde el Estado.

– En estas semanas de cuarentena global, cada uno de nosotros viene alimentando una suerte de Gran Hermano con lo que decimos, hablamos y videamos en redes. A la vez, toda esa información nos permite estar alerta y conscientes de lo que sucede y, sobre todo, de lo que pueda llegar a venir…

 En el mundo actual los problemáticas son complejos. Como bien decís, es preocupante la forma en que vamos dejando rastros y engrosando estas gigantescas plataformas digitales privadas. Pero al mismo tiempo nos permite comunicarnos y dar una dimensión social a esto que vivimos, y así construir una esfera pública sobre estos problemas.

Por estos días muchos han leído o releído La peste de Albert Camus. En una parte del texto, cuando declaran la peste en la ciudad de Orán (Argelia) se prohíbe la comunicación entre personas, inclusive por carta. Nosotros estamos lejos de ese escenario: estamos comunicándonos y sobre comunicándonos a través de plataformas de video llamadas y redes sociales.

Sin embargo, esta globalización -con todos sus aspectos negativos- permitió que podamos mantener una conversación pública que –de otro modo- se hubiera quebrado.

Esta globalización e intercomunicación también permitió la rápida difusión de la pandemia. En este sentido, creo que el mundo que se avizora va a ser diferente en cuanto a la forma de movernos: por ejemplo, creo que mucha gente va a empezar a replantearse si es necesario o no hacer esos grandes traslados de una punta a otra del planeta, a tomar conciencia de la huella de carbono que deja la aviación (equivalente al 3% de las emisiones globales).

Va a cambiar la forma de trabajar, con un teletrabajo y condiciones de mayor flexibilidad que habrá que poner en discusión desde abajo.

Va a haber que construir un entre todos, desde abajo y diferente, porque el mundo que se viene va a ser diferente. Estas grandes crisis producen despertares enormes.

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