Por Diego Leonoff | El 3 de diciembre de 1990, la Ciudad de Buenos Aires amanecía con la imagen de decenas de militares con el rostro pintado, empuñando sus fusiles y copando dependencias militares. Una vez más, un grupo carapintada amenazaba el orden constitucional con un alzamiento que duró casi 20 horas y dejó un saldo de 13 muertos -entre ellos, 5 pasajeros del colectivo de la línea 60 chocado por un tanque, en Boulogne- y más de 300 heridos.

El de 1990 sería el cuarto alzamiento desde el retorno de la democracia en 1983. El primero había sido entre el 16 y el 20 de abril de 1987. Al año siguiente habría dos, uno entre el 15 y 19 de enero y otro entre el 1 y el 5 de diciembre.

Dos días más tarde y en medio de un impresionante dispositivo de seguridad, George Bush (padre) aterrizó en el aeropuerto internacional de Ezeiza a bordo del Air Force One. Luego, su helicóptero Marine One lo llevó hasta Aeroparque.

Era la primera vez en 30 años que un mandatario estadounidense en funciones ponía un pie en la Argentina, siendo la última visita la de Dwight D. Einsenhower a Arturo Frondizi. La primera ocasión tuvo lugar en 1936 y quedará en la historia por aquella escena en la que Franklin D. Roosevelt, durante su discurso en el Congreso Nacional, fue interrumpido por el militante y teórico marxista -e hijo del entonces presidente argentino- Liborio Justo, al grito de “abajo el imperialismo yanqui”.

La alfombra roja

Con la primavera menemista en su apoteosis, los medios (y periodistas) hegemónicos aprovecharon para resignificar los enfrentamientos que 48 horas antes habían puesto en vilo a la población y en duda la llegada de Bush. La firme actitud del Gobierno y la rendición incondicional de los sediciosos pasaron convertirse en la mejor ofrenda de Menem para con el líder de la principal potencia y “faro democrático” de occidente.

“Después del intento de golpe, el presidente norteamericano ya no viene a la Argentina como el representante de una potencia imperialista, sino como el jefe de Estado de un país democrático, que, en momentos difíciles, se ha solidarizado con la Argentina”, declaró ese día Mariano Grondona a Canal 7 (TV Pública).

Voces críticas

La tensa calma tras el alzamiento y el sesudo abroquelamiento partidario en defensa del orden democrático llevó a que buena parte del sistema político desistiera de movilizar en rechazo a la visita. Sin embargo, quienes sí salieron a la calle fueron los partidos de izquierda, mientras que grupos disidentes dentro del partido justicialista rebautizaron algunas calles, como la Avenida Estados Unidos que por unas horas pasó a llamarse América Latina.

“Este homenaje no es unánime” fueron las palabras con que el diputado Luis Zamora intentó hacerse oir durante una sesión especial del Congreso a raíz de la visita presidencial. “No corresponde el uso de la palabra”, repetía el vicepresidente Eduardo Duhalde antes de dar la bienvenida “en nombre del pueblo argentino”. A su lado, Bush reía. En el recinto, Zamora era increpado por varios legisladores. A los pocos minutos, el mandatario estadounidense diría a los parlamentarios que la escena respondía al “eco del marxismo en declinación”.

“Fue una actividad que resolvieron Jarolavsky y Manzano (presidente de los bloques de la UCR y el PJ, respectivamente) sin consultar al resto de los legisladores. Apenas me enteré del homenaje hice hice la presentación de un proyecto de repudio que ignoraron, y por eso me expresé de esa manera en el recinto”, relató Zamora a Canal Abierto. “Los representantes del PJ -incluido Oscar Parrilli y los diputados kirchneristas por Santa Cruz- me decían de todo, insultos de toda calaña. Pero lo más grave fue que el aparato de seguridad estaba tomado por un centenar de tipos que habían llegado con Bush”.

A tres décadas de aquella jornada, el hoy referente del espacio Autodeterminación y Libertad reconoce: “el griterio que buscó acallarme en el Congreso fue tan unánime como la ovación a Bush. De parte del PJ, no me sorprendía la actitud antidemocrática y mafiosa; tampoco la complicidad y cobardía del radicalismo, que para aquel entonces ya era una costumbre”.

También los diputados peronistas del disidente Grupo de los Ocho (Germán Abdala, Darío Alessandro, Carlos “Chacho” Álvarez, Luis Brunati, Juan Pablo Cafiero, Franco Caviglia, Moisés Fontela y José “Conde” Ramos) expresaron su oposición a la recepción que tenía lugar en el Congreso.

“Relaciones carnales y abyectas”

“El mandatario estadounidense llegó al país a afianzar el vínculo con su nuevo aliado, quien instrumentaba un fuerte ajuste y se aprestaba a ser el alumno modelo en aplicar el Consenso de Washington y las recetas del FMI”, resume el docente de la UBA e investigador del CONICET, Leandro Morgenfel.

En su libro Bienvenido Mr. President. De Trump a Roosevelt: las visitas de presidentes estadounidenses a la Argentina, el historiador y analista internacional se refiere a la visita que hoy cumple 30 años como la máxima expresión de un vínculo bilateral y personal que marcaría la década siguiente: “las imágenes de ambos mandatarios jugando al tenis en Olivos, en ese caluroso verano porteño, se transformarían en el símbolo más inequívoco de la flamante luna de miel entre la Casa Rosada y la Casa Blanca”.

Por esos días, el por entonces embajador en Washington y futuro Canciller, Guido Di Tella afirmó en un reportaje con el periodista de Página 12 Román Lejtman: “Nosotros queremos pertenecer al Club de Occidente. Yo quiero tener una relación cordial con los Estados Unidos. No queremos tener relaciones platónicas: queremos tener relaciones carnales y abyectas”.

Para Zamora, la expresión relaciones carnales era “una forma un tanto fina, o quizás simpática de caracterizar una segunda década infame que -más allá de algunas idas y venidas- continuó largo tiempo como política de Estado”.

El fondo de la visita

Durante las reuniones en Casa Rosada, los dos presidentes charlaron sobre las privatizaciones de empresas públicas que estaban en carpeta y el proyecto de una “zona de libre comercio hemisférica que abarque desde Alaska a Tierra del Fuego”. Según informó luego el diario El País de España, “en el tema del Golfo, George Bush encontró en Carlos Menem al líder latinoamericano más favorable a su política frente Irak”. Así, Argentina -por decisión personal de su presidente- fue el único país iberoamericano que contribuyó con efectivos militares y dos unidades navales en la operación “Tormenta del Desierto” (enero de 1991).

Aquel viaje oficial también consolidó el vínculo personal entre ambos mandatarios: la visita de 1990 tuvo su correlato, un año más tarde, con el viaje de Menem a Washington, entre el 13 y el 19 de noviembre de 1991. “Bush volvería al país en diciembre de 1999, ya como ex presidente, una semana antes de que Menem abandonara el poder”, recuerda Morgenfeld. Según informó en aquel entonces el gobierno, “sólo vino en una visita de descanso y a pescar truchas al Sur”. No obstante, no faltó ocasión para reunirse con su amigo, con quien jugó al golf en el Jockey Club.

Nueve años más tarde, hacia el final del segundo mandato menemista y en las postrimerias del siglo XX, el diario Página 12 resumiría en un párrafo la desfachatada relación: “Desde la primera vez que se vieron, cultivaron una relación epistolar. “Querido Carlos”, “Mi amigo George”, estilan decirse. Nunca les faltaron razones para elogiarse mutuamente. El ex presidente de Estados Unidos, George Bush, acuñó para Carlos Menem la frase “es un líder mundial”. El argentino le dijo en los jardines de la Casa Blanca, durante una visita de Estado, “Mister President, gud blis iu” en lugar de God bless you. Un blooper que fascinó a los presentes”.

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