Redacción Canal Abierto | Cuando en diciembre de 2001 terminaba por eclosionar el modelo de exclusión económica que había brindado una falsa sensación de estabilidad durante una década, Juan Carlos Alderete ya había protagonizado decenas de piquetes y movilizaciones que reclamaban una solución para el 57% de los argentinos por debajo de la línea de pobreza.

De hecho, el 20 de diciembre el por entonces -y hasta hoy- líder de la Corriente Clasista y Combativa (CCC) participaba de un corte en Ruta 3, altura La Matanza, que terminó en represión cuando intentaba marchar hasta el centro porteño.

A 20 años de aquella revuelta popular y ante un nuevo escenario social y económico complejo, el hoy diputado nacional por el Frente de Todos repasa las causas y consecuencias de largo alcance de las jornadas de diciembre de 2001. Además, su experiencia en estos dos años en el Congreso, los debates urgentes y de fondo y más.

 

¿Dónde estabas el 19 y 20 de diciembre de 2001?

-Después de que De la Rúa declara el estado de sitio, estábamos en la ruta 3 de La Matanza. De ahí íbamos a marchar hasta Capital para confluir con otras columnas, pero nos reprimieron. Tuvimos más de 100 heridos con balas de goma y 3 con balas de plomo. Uno quedó rengo para siempre por un balazo que le astilló el tobillo.

 

A veces pareciera quedar en un segundo plano el hecho de que el movimiento excedía el centro porteño y atravesaba diferentes sectores sociales, algo que se reflejaba en aquella consigna “piquete y cacerola, la lucha es una sola”…

-El Gobierno creía que la movilización popular se estaba dando sólo en la Ciudad de Buenos Aires, pero la rebelión fue prendiendo en casi todas las provincias.

El proceso de articulación con distintos sectores venía de mucho antes del 2001, con los ahorristas, los comercios y PyMES. Pero por sobre todas las cosas, con el movimiento obrero ocupado. Porque ya en aquel entonces, y al igual que hoy en día, nos consideramos trabajadores. Desocupados, pero trabajadores.

En ese marco es que surge el “piquete y cacerola, la lucha es una sola” y el “que se vayan todos”.

 

Los actuales índices de pobreza son no son muy distintos a los de hace 20 años, ¿ves un escenario social similar?

-Hay diferencias. En los 90 había una desocupación estructural muy grave y el abandono por parte de los gremios fue total. En los barrios la presencia estatal era inexistente, sino era por las organizaciones sociales y barriales el infierno hubiera sido peor de lo que fue. No hay que olvidar que en todos lados tenías gente intercambiando ropa usada, o un destornillador por un paquete de fideos.

Otra cuestión es que por esos años ya teníamos un aprendizaje de las organizaciones que fueron naciendo en los 90´, de los ex ypefianos, de aquellos dirigentes que no se desviaban de los intereses colectivos a la hora de negociar.

 

Difícil sostener esa coherencia o ética desde un espacio como el Congreso…

-Diciembre 2001 marcó un antes y un después en la política. Desde entonces, ningún partido hegemónico pudo gobernar nuestro país sin estrategias de coalición o negociación. También fue un acontecimiento que demostró que las organizaciones podíamos y debíamos involucrarnos en las políticas públicas.

 

¿Se puede cambiar la realidad de los argentinos desde el Congreso?

-Si está al servicio del pueblo, puedo ayudar a cambiar las cosas. La verdad es que con la composición que tiene hoy el Congreso, sin la movilización popular es difícil que salga una ley que cambie verdaderamente la realidad de la gente.

De todas maneras, el Congreso es una interesantísima caja de resonancia para instalar debates o ideas que suelen circular por fuera de la institucionalidad.

 

¿Qué recepción tienen tus proyectos o propuestas en el Congreso?

-Mis compañeros del bloque del Frente de Todos aceptan perfectamente mis disidencias sobre numerosos temas y proyectos. Yo no asumí como diputado para levantar la mano por cualquier cosa, como si fuera una escribanía. Vine a representar a mis compañeros y tengo que se coherente con lo que digo y pienso.

Aunque cueste y nos quieran etiquetar para callarnos, las organizaciones fuimos ganando espacios y hoy somos actores lo suficientemente idóneos para discutir cuestiones estratégicas y no sólo las urgentes.

La clave es romper con los sectarismos. En los 90` los sectarios éramos nosotros. Cuando cortábamos una ruta y no dejábamos pasar ni al viento creíamos que éramos durísimos, pero después nos dimos cuenta que los más perjudicados eran laburantes o pequeños comerciantes.

 

¿Qué opinas de un eventual acuerdo con el FMI?

-Primero hay que discutir en el Congreso si se trata de una estafa o no. Si no se lo considera una estafa, se puede negociar. Si entendemos que fue una estafa, hay que crear una bicameral para que senadores y diputados investiguen qué deuda es legítima y cuál no. La gente quiere y tiene derecho a saber que se hizo con los 44.500 millones de dólares que recibió el gobierno de Macri. Hace pocos días el ex presidente reconoció que una parte fue para salvar bancos extranjeros, otra para fuga de capitales. Pero nada para la producción, para la salud o educación.

 

¿Qué se necesita para avanzar en ese sentido?

-Decisión política. No quiero comparar, pero en 2001 se dictó el default y todos decían que nos íbamos a caer del mundo. Gracias a ese default no pagamos durante tres años y paró de crecer la deuda externa, y no nos caímos del mundo.

 

Entrevistador: Diego Leonoff (@leonoffdiego)

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