Por Diego Leonoff |  En pocos días la Argentina pasó de la casi total indiferencia en relación al Coronavirus a un estado de alerta atizado por audios y videos virales, fake news y un bombardeo constante por parte de los medios masivos de comunicación. En medio de la psicosis -que incluso llevó al desabastecimiento en algunos locales comerciales-, el gobierno nacional ensaya distintas medidas de prevención y auto aislamientos que, todo indica, irán in crescendo.

Las pandemias que azotaron al mundo en el último siglo mostraron realidades muy distantes al imaginario colectivo que tiende a construir escenarios apocalípticos propios de películas o series del subgénero zombie. De hecho, hay que remontarse a 1918, con la “gripe española” y sus aproximadamente 20 millones de muertes, para encontrar una baja demográfica considerable y abrupta consecuencia de una enfermedad global.

Al día de hoy, la única certeza que tenemos es que el coronavirus infectó en todo el mundo a casi 168 mil personas y mató a otras 6440, mientras que en Argentina enfermó a más de medio centenar y dejó 2 víctimas fatales. Aunque en tiempos de paranoias resulten estremecedoras, las cifras resultan muy menores si recordamos que el año pasado en nuestro país hubo 327 femicidios (1 cada 24 horas). En términos estadísticos, más grave aún es la situación de los siniestros de tránsito, la primera causa de muerte y lesión no natural de los argentinos. Según el último informe de la Asociación Civil Luchemos Por la Vida, durante 2019 se produjeron 6.627 muertes (19 por día).

No obstante, el aumento de casos de coronavirus en la Argentina y la declaración de pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) disparó la preocupación, ansiedad y consultas por ataques de pánico.

En términos físicos, el ser humano está preparado para enfrentar un peligro real. Si algo nos golpea o agrede, existen alertas que el cuerpo activa inmediatamente para defendernos del riesgo. Se trata de mecanismos de defensa naturales.

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El problema se vuelve más complejo cuando la sensación de amenaza es constante y nos excede. Es decir, en los casos en que el miedo surge frente a una causa imposible de interpretar o ver. Tal es el caso del coronavirus, un agente infeccioso microscópico invisible del que poco sabemos. Una especie de fantasma.  

“Ataque de pánico” es un ensayo-documental sobre el avance de un trastorno que afecta a 1 de cada 10 argentinos. La de Ernesto Ardito es una mirada personal: el cineasta sufrió ataques de pánico durante años hasta que en 2007, en un intento por racionalizar su dolencia, decidió investigar sus causas. Consultó psicólogos, psiquiatras, neorólogos y entrevistó a otros y otras que pasaban por lo mismo.

“La mayoría lo describe como una súbita dominación psicofísica de falta de respiración, taquicardia, entumecimiento muscular o agorafobia (miedo y evitación de lugares públicos) que hace creer que uno se está muriendo”, cuenta el director del film. Si bien los síntomas generan un malestar físico que se asemeja al de un paro cardiaco, se trata de una afección psicológica, producto del miedo.

La película intenta analizar las características de la sociedad contemporánea para explicar el aumento de los casos, en Argentina y el mundo. La conclusión es que, en gran medida, la raíz del problema reside en el bombardeo contante por parte de los medios de comunicación, la búsqueda de control y la autoexigencia.

ATAQUE DE PANICO from Ernesto Ardito y Virna Molina on Vimeo.

En este documental, el director de “Raymundo” –sobre la vida y obra del cineasta Raymundo Gleyzer–, recorre la historia de 12 pacientes que cuentan sus historias en un off original. Sonidos e imágenes generan un clima fantasmagórico y por momentos angustiante a través del cual Ardito no sólo pretende informar, sino también poner al espectador en el lugar de quien sufre este trastorno.

El Ministerio del Miedo

Basta observar algunos de los principales portales de noticias para entender cuál es la percepción de la realidad, y sobre todo de la otredad (el otro), que se busca imponer a fuerza repetición.

“Mucho tiene que ver con la violencia que nos rodea, ya sea en mundos más cercanos y palpables como es el ámbito laboral o la calle, pero también a través de los medios de comunicación con afecciones que no siempre están inmediatamente a nuestro alrededor”, afirma el director, y agrega: “El sistema de alerta de nuestro cerebro queda saturado por este bombardeo, lo que genera la idea de que todo lo que ves que a través de los medios te puede pasar a vos”.

Es un bombardeo que tiene mucho de intencional: el documental aborda la paranoia estadounidense (y mundial) generada por las imágenes del atentado a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, y su posterior manipulación para desencadenar la guerra y la persecución en el mundo árabe. Así como también las imágenes de noticieros de Argentina machacando hora a hora con casos de inseguridad ciudadana.

Si el rodaje ocurriera por estos días (se estrenó en 2017), bien podría nutrirse de las innumerables noticias e informes en torno a los efectos -sociales e individuales- de la pandemia de Coronavirus.

Hay un concepto bastante adecuado que desliza el documental en su tráiler: “Hoy, el Ministerio del Miedo es mucho más efectivo que el de Guerra”.

En Argentina

Si bien en otro tiempo existían casos que quizás no eran correctamente diagnosticados, el documental busca echar luz sobre las razones de por qué se produjo un avance de los ataques de pánico durante las últimas décadas, en Argentina sobre todo después del 2001.

“Nuestras subjetividades se apoyan en elementos que, suponemos, son más sólidos que cada individuo por separado. Para algunos se representan en el Estado, para otros la religión o las instituciones religiosas, el trabajo. Desde una visión paternal, sentimos que esas superestructuras nos pueden proteger. En la Argentina de 2001, por ejemplo, el mismo Estado desapareció, dejando a miles sin trabajo y con una sensación de indefensión absoluta”, explica Ardito.

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Diferentes estudios epidemiológicos arrojan que 1 de cada 10 argentinos tienen al menos una crisis de pánico a lo largo de su vida. Mientras que el 30 por ciento de los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires sufre trastornos de ansiedad.

Una mirada histórica

“Ataque de pánico” también analiza el abordaje que la medicina realizaba ante estos síntomas en tiempo pretéritos.

Décadas atrás (ni hablar de siglos) se encerraba y torturaba a quienes acudían con dolencias que no encontraban una interpretación física. Para la medicina eran dementes, y por lo tanto peligrosos para sí y la sociedad.

“Ahora es diagnosticado por médicos clínicos, pero antes era difícil y las personas eran sometidas a tratamientos que podían empeorar su situación, como las cesiones de electroshocks (sorprende, pero aún en la actualidad se utilizan en casos puntuales) y el encierro”.

De hecho, el film toma una hipótesis que –aunque incomprobable- le es útil a los fines de analizar posibles disparadores o causales de esta enfermedad. Numerosos registros históricos revelan que Charles Darwin, uno de los hombres más influyentes de la ciencia moderna, sufría de síntomas que hoy podrían se diagnosticados como trastornos de pánico o de ansiedad.

Aún siendo relativamente joven (todo comenzó a sus 36 años aproximadamente) y de gozar de una buena salud en términos físicos, el por entonces padre de la revolucionaria teoría evolucionista no conseguía explicación ni cura para los ataques que, según relataba, incluían una “incómoda palpitación del corazón” y falta de aire.

La película se hace eco del caso y busca entablar un nexo entre estas dolencias y los efectos de la concepción evolucionista en su propio mentor. Por aquel entonces, la teoría de Darwin significó una mirada novedosa del mundo que venía a imponerse por sobre la idea paternalista del hombre como fruto de la creación de Dios. En consecuencia, según el documental de Ardito, esto habría provocado en el célebre naturalista inglés un impacto emocional y un sentimiento de orfandad que podrían haber estado asociados a este trastorno.

 

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