Por Federico Chechele | La pandemia producida por el COVID-19 que llevó al encierro a millones de personas en todo el mundo evidenció varias problemáticas que, si bien eran padecidas por las grandes mayorías, quedaron expuestas como nunca.

El derrumbe económico global, el escaso salario que perciben los trabajadores esenciales, el deterioro del medio ambiente y el “anticomunismo” emergieron con la misma rapidez y penetraron en todas las fronteras como el mismísimo covid.

“La economía del mundo tambalea porque sólo estamos consumiendo lo que necesitamos”, se dijo por ahí como una verdad tan primaria como elocuente. Millones de personas quedaron sujetas a las políticas de aislamiento, dejaron de comprar lo prescindible y el mundo económico implosionó.

Este derrumbe de las economías se manifestó ni bien se dejaron de vender o consumir miles de artículos y productos inútiles, ya sea porque cerraron los comercios o simplemente porque mucha gente quedó sin trabajo por lo que se limitó sólo a la adquisición de alimentos. El mercado quedó desnudo, sin posibilidad de cambiarle al cliente un televisor de 39 pulgadas por otro de 42; y culpable de que esos centímetros de diferencia ya estaban destinados a miles de familias previamente endeudadas.

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Hace mucho tiempo que los cielos dejaron de estar limpios, pero desde el momento en que los gobiernos anunciaron las medidas de aislamiento apareció una mejora notoria en los niveles de contaminación atmosférica. Quizás las ciudades más emblemáticas sean Beijing o Distrito Federal (México) pero sucede en la mayoría de las metrópolis.

Las causas de esta reducción están directamente vinculadas a la menor circulación de tránsito – en diferentes momentos de la cuarentena las autopistas vieron reducido su tránsito en un 70% – y por la baja de las emisiones de la industria ya que la mayoría tuvo que detener su producción.

En Argentina, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) comparó los días posteriores al anuncio del aislamiento (20 de marzo – 10 de abril) con semanas anteriores (27 de febrero – 20 de marzo), y se pudo evidenciar una disminución considerable de dióxido de nitrógeno en la atmósfera. Una señal para alertar a  quienes toman decisiones sobre la salud mundial.

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Esta pandemia también exhibió como nunca las pésimas remuneraciones que perciben aquellos trabajadores y trabajadoras que cumplen tareas esenciales para el funcionamiento de un país. Personal de salud, fuerzas de seguridad, trabajadores del Estado entre varias actividades más, que tienen que enfrentarse diariamente al contagio del coronavirus, son quienes perciben los peores salarios y son premiados escasamente. Acá tampoco hay fronteras.

La mala distribución de la riqueza tiene tantos años como la mismísima humanidad, por eso ya no se puede desconocer el poder real del establishment, las empresas transnacionales y de los gobiernos que son quienes fijan los precios y los que pagan. Pero ante la mayor crisis sanitaria que se conozca de los últimos 100 años, quedaron en evidencia cómo jugaron a la ruleta rusa con el sistema financiero y los escasos recursos que destinaron a la salud pública. Toda una epopeya para generar pobreza.

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Días atrás se dio a conocer un comunicado firmado por 83 multimillonarios de distintos países del mundo que creen convenientemente que se les cobre un impuesto a la riqueza: “Los problemas causados y revelados por COVID-19 no pueden resolverse con caridad, sin importar cuán generosos seamos“, afirmaron. Un voluntarismo tramposo que no resolverá en nada el hambre de millones de personas. El verdadero cambio estructural es repartir con mayor equidad las ganancias de sus empresas entre los trabajadores.

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La síntesis de todas estas problemática quizás se vea reflejada en el “anticomunismo” que también recrudeció durante la pandemia a nivel mundial. No surgió como una estrategia sacada de contexto emitida por los voceros del neoliberalismo, se trata del miedo a que, lo que desnudó la pandemia, sea parte de una disputa.

Un anticomunismo terminológicamente fuera de época, pero ideológicamente más actual que nunca. El temor a que no se rompa la cadena de poder para que los que más tienen sigan siendo parte de ese sector privilegiado y para que los que menos tienen sobrevivan como puedan.

Un “anticomunismo” que en Argentina y en algunos países del mundo también se traduce en “anticuarentena” y “antivacuna”, un modo de expresión para oponerse al gobierno de turno o para rearmar un escenario proclive a las demandas del mercado, como sucedió tanto en Brasil como en Bolivia.

Miedo a perder algo de todo lo que tienen.

 

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Ilustración: Marcelo Spotti

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