Redacción Canal Abierto | En mayo de 2013, la empresa Bioceres obtuvo la licencia para el uso y explotación del gen HB4, un evento biotecnológico desarrollado por la ciencia estatal argentina y por el cual se interviene el genoma de la planta insertando un gen del girasol que aumenta la resistencia al stress hídrico y provee de tolerancia al Glufosinato de Amonio y el Glifosato. Con el paso de los años, la firma logró el visto bueno de la Comisión Nacional de Biotecnología (CONABIA) y del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agropecuaria (SENASA).

Este año el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación sumó su firma al desarrollo, condicionado aún a la aceptación de Brasil (principal mercado de exportador del cereal argentino). Esto, pese a las advertencias y denuncias de especialistas.

“Esta autorización remite a un modelo de agronegocio que se ha demostrado nocivo en términos ambientales y sociales, causante principal de las pérdidas de biodiversidad, que no resuelve los problemas de la alimentación y que amenaza además la salud de nuestro pueblo confrontando la seguridad y la soberanía alimentaria”, arrancaba la carta que semanas atrás suscribieron alrededor de 1400 científicos del Conicet y de 30 universidad públicas nacionales, entre los que se encuentran figuras académicas de renombre como Alicia Massarini, Particia Kandus, Rafael Lajmanovich, Walter Pengue, Haydée Norma Pizarro, Elena María Abraham, Matías Blaustein, Damián Marino, Patricia Pintos, Guillermo Folguera, Maristella Svampa, Juan Wahren y Damián Verzeñassi, entre otros.

En concreto, la denuncia que pesa sobre el Trigo HB4 de Bioceres es que no cuenta con evaluaciones de impacto ambiental en todos los biomas ni ensayos a largo plazo sobre sus efectos crónicos y cancerígenos. ¿Las razones de estos “descuidos”? En primer término, una reglamentación inexistente. No obstante, son varios los colectivos ambientales que denuncian la connivencia de organismos estatales encargados de regular, en muchos casos integrados por representantes de las corporaciones agrícolas.

Este viernes 18 de diciembre, las organizaciones “Colectivo Trigo limpio” y “Científicxs autoconvocadxs por la salud y el ambiente”, junto con la campaña “Con nuestro pan NO”, invitan a una audiencia pública para debatir sobre la problemática que representa esta manipulación genética. La actividad comienza a las 15 hs, es virutal, abierta y gratuita (con inscripción previa mediante formulario).

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En esta entrevista con Canal Abierto, la bióloga e investigadora Alicia Massarini explica cuáles son los riesgos en torno al Trigo HB4, desmonta lo que entiende es una falsa dicotomía entre ambiente y economía, y asegura: “estamos frente a una crisis civilizatoria que nos empuja a decir lo que sabemos y pensamos, a compartirlo con la sociedad”.

¿Cuáles son los riesgos del Trigo HB4 y qué representa?

– Hasta ahora no hay trigo transgénico, no sólo en Argentina sino en el mundo. Es un avance significativa en la profundización del modelo del agronegocio, con todo lo que eso implica. Al ser uno de los cereales que forman parte de la dieta en la región, su contaminación genética pone en riesgo la seguridad y soberanía alimentaria.

Su rasgo particular es que se presenta como resistente a las sequías, lo que podría provocar un avance sobre ecosistemas de zonas semi aridas, desplazando la frontera agropecuaria.

Como sucede con la soja…

– Así es. Y ya conocemos las consecuencias de la utilización de la soja transgénica en nusetro país y la región.

De hecho, ya hay una soja HB4 -también resistente a la sequía- que está avanzando hacia el norte de Santa Fe, donde antes se practicaba la ganadería.

Quienes defienden o impulsan estas modificaciones genéticas ponderan su potencial comercial y económico, ¿es así?

– Hay que preguntarse para qué y para quién serían esos ingresos económicos. Y por otro lado, cuáles son los costos. La historia reciente demuestra que las consecuencias ambientales y sociales son enormes para el conjunto de la sociedad, pero sobre todo para los sectores mas vulnerables.

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Se supone que el rendimiento económico de esa contaminación y destrucción de teritorios favorece a la gran mayoría, pero eso no es así. Este modelo en el que estamos immersos hace 20 años viene desplazando comunidades originarias y pequeños y medianos campesinos que terminan ensanchando los cordones de pobreza en torno a las ciudades.

A lo sumo, si como resultado de las exportaciones, surgen dividendos para incrementar la cantidad de planes sociales, estamos hablando de paliativos a los daños que provoca el modelo. Es decir que el propio sistema termina construyendo el problema mientras te vende la solución.

Al igual que sucede con la soja, ¿es inviable que un pequeño campesino pueda sacar algun beneficio de este trigo transgénico?

– Es el mismo paquete tecnológico: semilla transgénica y agrotóxicos. Es un modelo que no funciona a pequeña escala, sino en grandes extensiones y con maquinaría agrícola que los pequeños productores no tienen.

¿Hay información de a qué mercados apuntaría la producción de este trigo, para la exportación o el consumo a nivel local?

– En principio, se está esperando la aprobación de Brasil porque se está pensado para la exportación. Pero una vez que se empieza a producir a gran escala, ese trigo va a estar presente en el mercado interno. No sólo voluntariamente -por parte de los productores, porque al no haber ley de etiquetado de transgénicos nosotros no vamos a poder saber ni decidir-, sino porque involuntariamente puede contaminar genéticamente a otras variedades naturales. Por ejemplo, hoy la soja es 100% transgénica por la fecundación cruzada.

¿Qué es la fecundación cruzada?

– Hay plantas que se autofecundan, es decir, que el polen de sus flores fertiliza sus propios óvulos, dando como resultado semillas hijas de una misma planta. El trigo es una planta que se autofecunda, pero en una proporción que varía entre el 5% y el 14%, el polen puede trasladarse a otra planta (a través de insectos o el viento) y se produce una fecundación cruzada. Por lo tanto, un sembradío transgénico puede fecundar sembradíos no transgénicos, y las semilllas que surjan van a tener ese gen que en la variedad natural no existía.

¿Es una novedad que haya posiciones tan encontradas dentro de la comunidad científica?

– La ciencia nunca es monolítica ni tiene una sóla voz.

Acá no sólo está involucrado el Ministerio de Agricultura, el de Ciencia y Tecnología también es arte y parte. De hecho, la patenta de este trigo es en parte del CONICET y se desarrolló en institutos del CONICET.

Pero en la vereda de enfrente somos un montón los científicos e investigadores que estamos advirtiendo sobre las consecuencias, planteando que no estamos de acuerdo. En definitiva, queremos que se conozcan los riesgos y posibles impactos para que toda la sociedad debata al respecto. No es una cuestión que se tenga que dirimir únicamente en el ámbito científico.

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La realidad es que hay papers (publicaciones académicas) en todos los sentidos: están los que aseguran que esto va a resolver el hambre en el mundo y otros tantos que abordan sus impactos en la salud, el ambiente y en la sociedad.

La pandemia nos dio una advertencia y marcó un límite claro a la destrucción del mundo en el que vivimos. Hoy la utopía es insistir y pretender perpetuar un modelo que ya hizo mucho daño, que generó divisas pero también mucha pobreza. ¿Dónde está el negocio? Incluso desde el punto de vista económico, todas las enfermedades agudas sobre pueblos fumigados tienen un costo que no es sólo humano. Lo mismo sucede con esta alimentación insana y llena de venenos que también va a traer consecuencias y costos económicos que va a afrontar el sistema público de salud.

Tenemos que cambiar la forma de consumir y producir, con una distribución más equitativa de la tierra. La justicia ambiental y social van una de la mano de la otra.

Da la sensación de que cada vez se alzan más voces científicas que cuestionan o rechazan este tipo de modificaciones genéticas, ¿es así?  

– Tradicionalmente, la comunidad científica publica los resultados de sus investigaciones en revistas especializadas que suele en estar en ingles y que leen muy poca gente. Hoy creo que estamos frente a una crisis civilizatoria que nos empuja a decir lo que sabemos y pensamos, a compartirlo con la sociedad.

Cuando en 2009 Andrés Carrasco dio a conocer en un diario sus resultados sobre investigaciones vinculadas a malformaciones producidas por el glifosato, estaba muy sólo. Su actitud valiente sembró una semilla que está germinando y hoy somos más de 1400 científicos los que decimos basta.

 

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