Por Diego Leonoff | Aunque aún continúa el debate sobre el origen del coronavirus, numerosos científicos y especialistas coinciden en señalar al sistema alimentario agroindustrial como condición necesaria y estructural para el surgimiento de ésta y futuras pandemias.

Los argumentos a favor del origen animal del coronavirus se encuentran en los virus estrechamente relacionados detectados en murciélagos y pangolines. Y si bien la teoría más difundida refiere al contacto en algún mercado de alimentos -como el de Wuhan, China-, no se descarta que el salto a humanos haya sido producto de la migración de estos mamíferos tras la destrucción de su hábitat natural como consecuencia de la deforestación. Esto último, consecuencia natural de avance de la frontera agrícola con fines ganaderos.

De todos modos, no es este el único vínculo entre el sistema alimentario industrial y la pandemia: “el consumo de comida ultraprocesada es en gran medida responsable de que nuestro sistema inmunológico se debilite y suframos las comorbilidades más riesgosas para quien contrae Covid”, asegura Silvia Ribeiro, directora para América Latina del Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (ETC).

Según la Organización Mundial de la Salud, el 68% de las causas de muerte en el mundo se debe a enfermedades no trasmisibles. Encabezan la lista las cardiovasculares, hipertensión, diabetes, obesidad y cáncer de aparato digestivo y órganos asociados. En su mayoría, estas afecciones relacionadas a nuestros hábitos alimenticios coinciden con los principales factores de riesgo frente al coronavirus.

En esta entrevista con Canal Abierto, la investigadora uruguaya residente en México apunta contra el modelo agroindustrial, al que responsabiliza por el origen de ésta y las futuras pandemias. “No queda otra opción que modificar la cadena alimentaria industrial”, sentencia Ribeiro.

 

¿Cuál es el origen más probable de la SARS-CoV-2, que provoca la enfermedad del COVID-19?

– Seguramente nunca vayamos a tener una certeza absoluta del origen del coronavirus, sobre todo porque los dos involucrados más importantes -China y Estados Unidos- van a hacer todo lo posible para que la culpa recaiga en otro.

De todos modos, y sobre todo en un contexto como el actual, es importante que pongamos el foco en la relación entre el surgimiento de epidemias o pandemias y el sistema alimentario agro industrial. La cría industrial de cerdos, vacas o aves es un factor fundamental para la incubación constante de virus que potencialmente puedan repercutir en epidemias. Cerca del 70% de la tierra agrícola está orientada a la cría industrial de animales, sea para la producción de forraje (en su mayoría, soja y maíz transgénico) o pasturas. Esto implica una expansión de la frontera agrícola y gran desforestación, factores de ruptura y destrucción de hábitats naturales que terminan expulsando a diversas especies. Es en el marco de este proceso que pudo darse la mutación de un virus en un murciélago para luego devenir en lo que hoy conocemos como coronavirus.

¿Cuán probable crees que es que en el futuro inmediato se den mutaciones como la que se supone originó la pandemia?

– Hoy estamos enfocados en producir vacunas contra este virus, el Covid-19, pero resulta que hace 10 años tuvimos una gripe porcina que se logró frenar a tiempos. En el último tiempo, en instalaciones chinas de cría industrial de animales ya se encontraron 179 cepas de virus con potencial contagio a humanos, y una en particular -conocida como G4- con lo que dicen un gran potencial pandémico.

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Por otro lado, hay que eliminar la idea de que todos los virus son malos y es necesario eliminarlos, porque de hecho son elementos esenciales del desarrollo, la evolución y la sobrevivencia de los seres vivos. Es suicida pensar que vamos a poder destruir todas las salvaguardas de la naturaleza, como son los virus y bacterias. Los necesitamos, pero de forma equilibrada.

 

En un artículo publicado recientemente aseguras que el sistema alimentario industrial “es una máquina de enfermar a la gente”, ¿a qué te referís?

– En el mundo, las enfermedades infecciosas -como la que provocan los virus- son sólo la cuarta parte de las enfermedades que afectan gravemente a los humanos. La gente se muere por otras cosas: según la OMS, el 76% de las causas de muerte son por enfermedades no transmisibles, encabezando la lista las cardiovasculares (infartos, hipertensión), la diabetes, los cánceres (en especial, los del sistema digestivo) y las enfermedades renales. Todo esto, en un contexto de fuerte aumento de la obesidad.

Porque si hay una pandemia en el mundo, esa es la obesidad. Y esto está directamente relacionado al sistema alimentario industrial.

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Son cada vez más alimentos que no alimentan y enferman. El pan blanco procesado, por ejemplo, tiene una gran cantidad de “calorías vacías”. Es decir, que tenés que comer cada vez más para sentirte satisfecho. La mayor parte de los ultra procesados que se venden en un supermercado están llenos de colorantes, saborizantes, espesantes, conservantes. La quimicalización de los alimentos hace que tengan poco valor nutritivo y altos valores calóricos: engordan pero no nutren.

Esto repercute en un sistema inmunológico que se debilita y no puede hacer frente a las enfermedades infecciosas. En definitiva, la actual cadena alimentaria industrial es en gran medida responsable de que suframos las comorbilidades más riesgosas para alguien que contrae Covid.

 

¿Lo que tiene que cambiar es el modo en que se produce o el modo en que se consume?

– Son ambas cuestiones, y están ligadas. Creo que la pandemia nos hizo dar cuenta de la debilidad de nuestro sistema inmunológico, y cómo esto está ligado a la forma en que nos alimentamos.

Ya no queda otra opción que modificar el sistema alimentario. Por ejemplo, promoviendo formas de producción más localizadas, que no necesiten tanto transporte. Esto no sólo genera mucho más empleo sino alimentos más nutritivos y mejores desde el punto de vista cultural. En definitiva, tenemos mucho para ganar con esto. Será cuestión de tocar intereses muy fuertes en todo el mundo.

El contrasentido es que en países como Argentina se estén ampliando los monocultivos como la soja o la cría industrial de cerdos, se aprueben más variedades transgénicas como sucede con el trigo. Por otra parte, México -gracias a la gran presión popular- tuvo que prohibir el maíz transgénico.

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